MERCEDES 280S

Hace poco os conté una batallita del 2001, cuando había "bajado" a Senegal con Alfonso Arias y unos amigos conduciendo dos macro-Mercedes 280S "gran lujo". Como los coches pesaban mucho, en la arena mauritana había que deshinchar las ruedas para poder avanzar, y se pinchaban una tras otra sin remisión. En un momento dado nos quedamos sin ruedas suficientes. Entre eso y que a uno de los dos coches le fallaba la alimentación, a 200 kilómetros de Nouakchott los compañeros ya querían pegarle fuego y seguir con el bueno.
Yo era el único que no quería ese sacrilegio.

Pero en un momento determinado tuve que ceder. Ellos continuarían y yo me quedaría allí con mi "caprichin" alemán, a ver lo que podía salvar. Alfonso me mandaría las ruedas con un transporte publico. Me quedé solo. Imaginaros la estampa; ¡un Mercedes de lujo sin ruedas levantado sobre cuatro piedras, levitando entre las dunas y la nada, y un turista dentro con el aire acondicionado y la radio, comiéndose un bocadillo de lomo!. Algún mauritano que pasó se debió frotar los ojos pensando que era un espejismo.

Me dejaron allí a media mañana y vi al sol pasearse por encima de oreja a oreja. Al atardecer vi que se acercaba un viejo camión por el sur. Eran mis ruedas. Paró a mi altura, y desde lo mas alto de la caja de madera verde me calló una rueda sobre un pié. Me aparté y calló una segunda, y luego una tercera, una cuarta, una quinta y un chico joven. ¡Había caído de las alturas, desde mas de tres metros!. Antes de que pudiera recogerle ya se había puesto de pié de un bote, sonriendo de oreja a oreja. Era un Negro senegalés mal vestido, fornido y chaparro, culibajo y paticorto. El camión arrancó y nos dejó allí mirándonos. No se si se reía de mi porque tenia ese rictus en la cara o porque se alegraba de verme. Sonreía tan ampliamente que  parecía reír.

Tras un saludo pasamos a coger las ruedas para instalarlas en el coche. Él acercó una, y cuando yo fui a coger la segunda...¡sorpresa!; ¡estaba pinchada!. Toqué otra pensando que se habría deshinchado. ¡Otra también deshinchada!. Toqué otra; ¡también deshinchada!. No me lo podía creer. Toque la cuarta, desesperado, y también sin aire. ¡¡Todas seguían pinchadas!!. Solo una arreglada. No sabia que decir. ¿Qué iba a decir ?. Le pregunte al sonriente Senegalés por qué estaban pinchadas, y me respondió que "le vieux Blanc" --sin duda Alfonso-- ya se las había dado pinchadas esta mañana. (sic.)

¿ Qué iba a hacer yo allí, en medio del desierto, y ese Negro caído de las alturas con mis ruedas pinchadas ?. Si le hubiera dado la patada en la cabeza que tenia ganas de darle, me hubiera roto un pie. ¡Coño, yo mismo me sentía ridículo!. Me aseguró que, definitivamente, Alfonso se las había dado todas ya pinchadas, y que solo había dicho que reparase la primera. Había puesto su pie encima, para señalar cual. Y allí, delante mío, se explicaba el chaval tan sonriente con el pie encima de la única rueda reparada, para que yo le entendiera bien como había sido la cosa.

Tardé un rato en reaccionar. Cuando lo hice, ya era de noche. Me decidí a montar la única rueda buena y tres ruedas pinchadas, arrancar y lanzarme hacia adelante hasta Nouamghar, a 12 kilómetros. ¿Qué iba a hacer?. Ya me veía como los personajes de Forges, andando por el desierto a rastras...
Como ya estábamos circulando por la costa sobre la arena húmeda, los jirones de las ruedas rotas lanzaban barro en todas direcciones y el coche quedo rebozado como una croqueta rápidamente. Parecíamos un monstruo de Julio Verne cuando entramos en el poblado. El Senegalés venia sentado a mi lado, sonriente, y en la oscuridad lo único que se veía eran sus dientes. Juro que sonrió -o rió.-- desde que cayo a mi lado esa tarde hasta que le dejé en la puerta de su taller esa noche. ¡Aquello fue la releche!.

Antonio Ortega Viota


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