LAS COSAS DE MI CHICO - Madrid Dakar 2002

LOS PREPARATIVOS
Paseábamos por Mirambel admirando sus celosías, nos asomamos a la barandilla de la plaza para ver el paisaje y contemplar la vega del pueblo. Era un día precioso de finales de marzo. Jordi comentó que él y su mujer, Àngels, en agosto tenían intención de hacer un viaje hasta Mauritania y que posiblemente pasaran a Senegal. Al mirarnos Rafa y yo se nos iluminaron los ojos con esa complicidad de tener ilusiones comunes y que, de repente, sin saber por qué, a veces por alguna palabra mágica, por un olor o por dios sabe qué, salta a la mente de los dos cómplices el mismo pensamiento y, sin tan siquiera mirarse, sienten lo mismo.
¡Senegal!, ¡el África negra!, no me lo podía creer. No porque no pudiéramos habernos ido Rafa y yo en cualquier momento sino, porque para hacer un viaje tan largo, por países donde las gasolineras, los talleres y todos los servicios que se necesitan haciendo un viaje en coche, no los encuentras en muchos kilómetros, ir solos es un tanto arriesgado.
Nunca había sido uno de esos países que tenía en la cabeza para, cuando pudiera ir a conocerlo, como Kenia o Australia, pero desde que mi prima Ana se fue a vivir allí, en mi corazón se quedó guardado en un rinconcito. Por eso cuando oí lo de Senegal, me embargó una ilusión que no puedo explicar y empecé a imaginar su paisaje, su cultura, sus poblados, sus gentes…
Cómo si no fuera con él, Rafa empezó a hablar con Jordi sobre el viaje, mientras yo escuchaba sin que se dieran cuenta. Al principio sólo hablaban de Mauritania pues es el país que más ilusión les hace a los cuatreros, casi no hay carreteras y es uno de los paraísos del TT. Pero a mí lo que me volvía loca era la idea de poder llegar a Senegal.
- Tenemos que comprar un colchón hinchable, no estoy dispuesta a venir con el mismo dolor de caderas que vine el verano pasado, después de dormir tantos días en el suelo.
Habían empezado los preparativos.
- Mira qué aparatito tan chulo para que no te piquen los mosquitos -. Me enseñaba Rafa un anuncio de un periódico.
Era como un reloj de muñeca y según decía la publicidad "los mantiene a raya, a menos a dos metros de distancia" por lo que no dudé en llamar para que me informasen. La conversación fue digna de comentario. Al contarle a quién contestó al teléfono, que lo quería para un viaje a Senegal, me dijo:
- Señora, este aparato está garantizado en la costa Mediterránea, yo no sé si en Senegal hará efecto a los mosquitos... Pero aquí, la garantía de su efectividad es de un ochenta por ciento, pues si hay algún mosquito cojo o sordo, a esos no les afecta -. No pude contener la risa pues aquello de que a los cojos no les afectara… , a los sordos lo entiendo pero ¿cojos?. A pesar de ello lo compré.
El coche también necesitaba sus arreglos, ponerle una baca tipo africana, un depósito de gasolina extra y evitar el tener que llevar jerrys, redes en el techo para que no dieran saltos las cosas pequeñas, comprar un par de ruedas, en fin un montón de cosas.
Una noche en casa, le contábamos a mi hijo Rubén nuestro viaje y le dije si quería venir. Puso una cara entre sorpresa, emoción y alegría y como siempre dijo que sí, lo que no significa que al final viniera, pues Rubén siempre dice que sí a casi todo lo que le propones, ahora, que luego lo cumpla es otro cantar, pero en esta ocasión sí lo cumplió. A mí me encantaba la idea de que viniera y a Rafa, yo creo que también. Habíamos hablado muchas veces de lo que le gustaría hacer alguna ruta con nosotros, ver los paisajes que veíamos, estar todo el día en el campo… y a lo mejor, con un poco de suerte le convencíamos de que si tuviera el carnet de conducir podría hacer cosas parecidas, pues no sé las veces que habrá dicho que lo iba a sacar, casi tantas como yo le he dicho que se presentase, pero todavía, a estas alturas, con veintiocho años, no lo tiene y, además, es de los que dice tener razones de peso para no conducir. En fin un desastre, pero… es tan adorable.
Jordi había contactado a través de Internet con unos sevillanos que también querían bajar; al final seríamos cuatro coches.
Empezamos con las gestiones de papeleo, visados, hojas de rutas para los controles policiales, vacunas, autorizaciones a los conductores de los vehículos, tanto nosotros como Jordi, no tenemos el coche a nuestro nombre.
Yo como siempre hice mis listas: comida, regalos, medicinas, papeles necesarios, no sé cuántas, e iba tachando según íbamos comprando o resolviendo temas. Hablé varias veces con mi prima Ana, en Dakar nos esperaban unos bungalós, que por lo visto están en el paraíso y si ella tenía casa en ese momento, en su casa. También hablé con el consejero comercial de España en Senegal, un tipo encantador que me dio muchas pistas para evitar esperas innecesarias en las fronteras, y me dijo que si tenía algún problema en Mauritania, no dudara en llamar al embajador que era un tipo muy agradable y que había hecho varias veces el París-Dakar. Además me proporcionó el teléfono de un amigo suyo que ahora vivía allí, pero que durante mucho tiempo se había dedicado a bajar coches para venderlos y se las sabía todas. También hablé con él.
Jordi nos había mandado los WP de la ruta por Mauritania y gracias a Fernando y Miguel, conseguimos meterlos en el GPS, pues nosotros fuimos incapaces, pero por fin los teníamos.
Esta parte de los viajes, la preparación, a veces es tan apasionante como el propio viaje. Según vas tachando de las listas, mirando mapas, leyendo guías, hablando con gentes, en la mente se crean imágenes que se convierten en un viaje previo que, luego se verá si son iguales, mejores o peores de lo imaginado, pero desde esos momentos ya empiezas a viajar.
Pasamos unos días en la playa para coger fuerzas y ponernos lo suficientemente morenos para que el sol del desierto no nos abrasara e irnos acostumbrando. Aprovechando que estabamos en Castellón, quedamos con Jordi y Ángels en San Carlos de la Rápita a ultimar los detalles.
En esos días, Marruecos había invadido un islote, el Perejil, del que hasta ese momento casi nadie conocía su existencia y que no se sabe muy bien a quien pertenece, si a España o a Marruecos y que desde hace años tiene un statu quo de "no ocupación" por parte de los dos países y, la situación política no era muy clara. De hecho, tras una misión con geos, helicópteros y fuerzas especiales, el ejercito español había expulsado a los siete soldados marroquíes que ocupaban el islote y a Marruecos no le había hecho mucha gracia. En unas declaraciones del ministro de exteriores marroquí, dijo que "ese acto era como una declaración de guerra".
Con este episodio hubo algún momento en el que pusimos en duda bajar, nunca se sabe que puede pasar. Pero el día que nos vimos en San Carlos parecía que la situación se había estabilizado y seguimos con los preparativos. Lo que sí pensamos es en atravesar Marruecos lo más rápido posible para evitar problemas.
Teníamos la casa llena de cosas por medio. Todavía no sabíamos si íbamos a tener baca o no y de eso dependía el número de bolsas que podíamos llevar. Por fin dejamos el coche un lunes y nos dijeron que lo tendrían terminado el viernes, de manera que tampoco podíamos meter cosas en él. Ese viernes era cuando llegaban a Madrid Jordi y Àngels que se quedarían a dormir en casa para salir al día siguiente.
Quedamos con ellos en el taller donde estaba el coche, en Torrejón. Llegaron a las seis de la tarde, Àngels y yo nos fuimos a hacer la compra de la comida del viaje. Esa noche habíamos quedado con Pepelu, Marga, Fernando y María a cenar y aprovechar su venida, para reunirnos el grupo de amigos que hacemos las rutas por España. Nos acostamos a las dos de la madrugada.
Por la mañana tardamos más de tres horas en montar nuestro coche con todo el equipaje y salimos hacia Algeciras a la una. Llegamos a las ocho y media. Los sevillanos nos esperaban en el mismo puerto para comprar los billetes del ferry.

LOS SEVILLANOS
Eran siete: Nacho, Pepe, su cuñado Fernando, Ángel, Álvaro, Enrique y Rafael, todos sevillanos excepto Fernando que era vasco. Nacho andaría rondando los cuarenta, vestido con camisa y pantalones con muchos bolsillos, tipo explorador, con buena planta. Pepe, bajito, fibroso, una barba fina y pelo ensortijado, con una manera de hablar que difícilmente se le entendía, pero con la gracia por arrobas, con pantalones cortos y camisetas como para ir a pasar un domingo al campo, tendría entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Su cuñado Fernando, el vasco, con barriga, poco pelo y con una cerveza siempre en la mano. Ángel parecía el mayor del grupo pasaría de los cincuenta, también con un atuendo muy de aventura, no paraba de decir, tanto por la emisora, como en cualquier sitio que estuviéramos, a voz en grito: ¡Carmeleee!, terminamos llamándole "Aange" que era como le llamaban su compañeros con su tremendo acento andaluz. Álvaro aparentaba ser el más joven de todos, con un cuerpo muy bien cuidado y equipado de un chaleco que le permitía lucir un magnífico bronceado, pantalón, deportivas, calcetines, perfectamente conjuntados. Enrique, alto, rubio, con aspecto agradable, no tendría treinta años y el más simpático del grupo. Y Rafael, con el pelo muy corto, pantalones tipo bermuda y un bolso colgado en bandolera, que más  parecía que iba a hacer alguna gestión que un viaje a Mauritania, y que era el mas serio de todos.
Llevaban dos Terranos llenos hasta los topes. Cincuenta litros de cerveza, botellas de güisqui, cañas de pescar y por supuesto todo lo necesario para acampar. Iríamos juntos hasta Mauritania, ellos no llegarían a Senegal, pues en dos semanas tenían que estar de regreso. Después de las presentaciones, nos llevaron al cortijo donde íbamos a pasar aquella primera noche.
Estaba en los alrededores de Algeciras. Era de unos amigos de Rafael, un matrimonio que nos enseñaron las dos casas que componían el cortijo. Habían sido antiguas granjas que ellos rehabilitaron para vivienda. La primera fue su primera casa y la llamaban el apartamento, con un gran salón con la cocina incorporada, una habitación y un baño. La segunda, era su casa actual, también con un gran salón en dos alturas, la de arriba hacía las veces de dormitorio, y la de abajo era el salón realmente, con varios equipo de música y vídeo alucinantes, lleno de adornos marroquíes, sofás, tapices en el suelo…  Parecía que estaba decorada para sacarla en alguna revista de decoración, tipo rústico pero muy agradable. La cocina, grande, todo hecho de obra, encimeras, alacenas, estanterías… y en el centro una gran mesa, también muy rústica pero con mucho encanto. Todo lleno de cosas, a mí me recordaba la casa de mi amiga Mary Blanca en Normandía.
Sobre la marcha preparamos la cena: lomo, queso, huevos fritos con patatas, calabacines rebozados y a la plancha, en fin muy rico todo. Cenamos en el jardín en una mesa gigantesca hecha con baldosines estilo andaluz, bajo un emparrado con vista a la sierra. Se estaba de maravilla. Ángel llevaba una bota con lo que él llamaba "pitarra", nos ofreció y yo por no hacer un desprecio, pues el vino no me gusta mucho, le di un trago: era güisqui. Ahí empezamos a conocer a los sevillanos, la gracia que tenían y lo bien que prometía cómo lo íbamos a pasar.
Nosotros tres, Rubén, Rafa y yo, junto con Jordi y Àngels, Nacho y Álvaro, dormimos en el apartamento, repartidos en dos camas de matrimonio y tres sofás. El resto no sé donde durmieron, pero algunos de ellos no se acostaron y debieron estar toda la noche dándole a todo, pues por la mañana seguían con la misma marcha que les habíamos dejado y puedo asegurar que eso no se aguanta de forma natural. De hecho, durante el viaje, cuando se les pasó el efecto cayeron como plomos y fueron durmiendo la mayor parte del tiempo.

MARRUECOS - LA IDA
Cogimos el primer ferry de los rápidos, salía a las ocho y media, la verdad es que es impresionante la mecha que cogen esos gigantescos catamaranes que en hora y media llegan a Tánger. En algún momento del viaje hasta Algeciras, Rubén comentó que tenía muchas ganas de ver el mar, pues se "jartó" de verlo. Salimos a cubierta por la parte de popa, la estela que dejaba el barco, impresionaba. Fue una travesía preciosa, pudimos ver como nos seguían delfines, vimos alguna ballena y toda clase de peces. Hacía una mañana muy soleada.
A las ocho (hora local) llegábamos a Tánger. Los trámites en la frontera fueron mucho más rápidos de lo que esperábamos y sin ningún tipo de problema, ni con los coches ni con nosotros -parecía que lo de Perejil no nos iba a afectar- .
Pusimos rumbo a Agadir, haciendo únicamente las paradas necesarias para repostar y comer un bocadillo sobre la marcha. Llegábamos a las nueve y media, ochocientos cincuenta y ocho kilómetros todo seguido, más de doce horas, fue la primera paliza de coche que nos dimos. Los sevillanos marcaban el ritmo para llegar lo antes posible a Mauritania.
Ellos durmieron en casa de un amigo. Bueno, lo de dormir es un decir, pues por lo visto algunos siguieron la juerga hasta altas horas de la madrugada. Nosotros teníamos reservadas habitaciones en un hotel, cenamos y nos acostamos realmente cansados. A la mañana siguiente había que madrugar.
Antes de salir colocamos de nuevo el equipaje, una rueda que iba dentro, la subimos a la baca junto con la bolsa de la acampada, de forma que dentro podíamos estar un poco más cómodos, sobre todo Rubén que era el que iba detrás. Pasamos por el puerto a buscar hielo para que las cervezas de los sevillanos estuvieran frías. Esta operación la hicimos todos los días. Lo primero antes de salir era comprar hielo y únicamente hay en los puertos pesqueros, (en Marruecos no venden hielo en las gasolineras), lo que nos retrasaba siempre en los horarios previstos de salida, aunque hay que reconocer que tomarte un cervecita fresquita en pleno desierto es muy de agradecer.
La primera parada fue en Guelmin para comprar pan y agua. Recordé que estuvimos allí en el viaje que hicimos con Edu, cuando Frido y nosotros estuvimos esperando que viniera el resto, como casi siempre. Aprovechamos para comprar un melón y cuchillas de afeitar para Rafa. La intención era llegar esa noche lo mas cerca de Tarfaya que pudiéramos. En esta ocasión no eran tantos kilómetros, unos quinientos cincuenta, pero hay que contar con que por las carreteras de allí abajo no se puede circular a la misma velocidad que por las del norte.
Ya habíamos entrado en el Sahara Occidental. Todo el camino lo hicimos pegados a la costa y lo que menos puedes esperar al oír la palabra "Sahara" es que haga un fresquito como el que teníamos. Por las noches yo diría que hasta frío, de tenernos que poner las polares. Y el viento. No la brisa del mar que esperábamos, sino tormentas de viento. Viento huracanado, lleno de arena, que no dejó de acompañarnos todo el viaje. Si tuviera que poner otro nombre a este relato sería algo así como: "El viaje del viento" o "Viaje al viento" o "El viento, nuestro compañero de viaje".
Lo que más me sorprendió fueron los acantilados. Más de seiscientos kilómetros de acantilados de más de sesenta metros de altura, que se alternan con playas interminables de imposible acceso y con grandes barcos varados en sus arenas, todos oxidados, como esqueletos de hierro. Por lo visto los abandonaban en esas playas para cobrar los seguros, con la disculpa de los temporales que por allí se dan. Llegar hasta ellos es prácticamente imposible, sólo encontramos uno que tenía hecho un acceso.
Al remontar una cuesta e iniciar la bajada, de repente, nos encontramos con las primeras dunas en una entrada del mar. No pudimos resistir la tentación de parar y observar ese paisaje. Dejamos los coches al pie de las dunas y las subimos, a pie para desde allí, contemplar el magnifico espectáculo del mar en toda su plenitud. Rubén decidió mojarse, por primera vez, los pies en el Atlántico y llego hasta la orilla junto con los más jóvenes. En las aguas que entraban en tierra formando una especie de marismas, vimos las primeras aves acuáticas: garzas, alcotanes… la naturaleza en todo su esplendor.  Nos sorprendió ver un Land Rover aparcado con una tienda de campaña al refugio de una de las dunas, pero no vimos a nadie. No tardaron mucho en aparecer los dueños, una pareja de hippies que tenían montado allí su campamento y que veían con malos ojos la aparición de cuatro coches y doce personas que invadían su intimidad, sin saber muy bien cuales eran sus intenciones:
- Buscas un lugar lejos de la civilización y te ves rodeado de gentes que parecen turistas domingueros, con cámaras de fotos y rompiendo la tranquilidad tan deseada…me cago en la leche - debieron pensar.
Pero no tardamos en marcharnos, teníamos por delante un montón de kilómetros que hacer. Los sevillanos ya lo conocían y de hecho fueron los que nos avisaron lo que íbamos a encontrar al pasar la cuesta, y nosotros lo apuntamos para, a la vuelta, que pensábamos hacer más a nuestro ritmo sin las prisas de llegar a Mauritania en tres días, pararnos e incluso, si coincidía, acampar una noche allí.
El sol ya se había ocultado cuando empezamos a pensar en dónde acampar. Estábamos como a cien kilómetros de Tarfaya y una parte del grupo de los sevillanos, no estaba por la labor de dormir en un hotel. Habían elegido ese tipo de vacaciones para hacer lo que normalmente no se hace y ¡vive el cielo! que lo cumplieron. El año anterior algunos de ellos habían dormido en una edificación abandonada que en la fachada ponía "Café Davali". Cuando la encontramos era ya noche cerrada y las condiciones que presentaba no eran las más adecuadas para pasarla allí. La habían utilizado para guardar ganado y debía de haber toda clase de garrapatas, pulgas y vaya usted a saber qué. Lo cierto es que con la humedad y el viento, que por las noches aumentaba considerablemente, no se podía pensar en acampar sin un mínimo refugio. Seguimos algunos kilómetros más y llegamos a una casa de piedra en ruinas que, por lo visto, pertenecía al padre de Alí, un amigo de alguno de los sevillanos. Estaba en la misma playa, eran cuatro paredes sin techo, llena de montañas de arena, pero al menos dentro, el aire no nos impediría encender los camping-gas y podríamos calentar las latas de fabada Litoral que pensábamos cenar. La denominamos "Chez Ali".
Montamos las tiendas entre los muros de la ruina y los coches. A pesar de ello el viento no dejaba que todas aquellas labores se hicieran con comodidad. Rubén no llevaba tienda pues pensábamos que en el desierto se puede dormir al aire libre sin demasiados problemas, pero con lo que no contábamos era con la humedad y las tormentas de arena y nuestra tienda era tan pequeña que cabíamos Rafa y yo justos. Hicimos un hueco en la arena, pegado a una de las paredes y protegido por una duna, para habilitar un sitio donde poner su saco y que pudiera dormir lo mejor posible. Cuando Enrique, lo vio, no consintió que durmiera allí. Él conocía aquello y sabía que la humedad empaparía el saco y el arena que llevaba el viento entraría por todas partes y le hicieron hueco en su tienda. Gracias a ello pasó una noche algo mejor, pues, efectivamente, por la mañana, todo lo que habíamos dejado fuera estaba empapado y cubierto de arena.
El aseo matutino dejó mucho que desear, hacía un frío que pelaba. Yo me lavé las manos y la cara con el agua de una pistola de Cristasol que llevaba para refescarme en los momentos de calor y poco más. Ya tenía las uñas de luto riguroso pero el pelo parecía que aguantaba mejor, eso sí, gracias a dos coletas que no me quité en todo el viaje para evitar que el viento hiciera que el pelo me diera continuamente en la cara y se me enredara.
Cuando estabamos desayunando, apareció el padre de Alí, con una hija de unos trece años, guapísima y dos moros más que no sé muy bien quienes eran. Aparentaba ser un hombre muy mayor, con aspecto de pobre pero encantador, como casi todos en ese país. Estuvimos hablando con él largo rato, le dimos ropa, caramelos y algo de comida como pago por el alojamiento en su "casa" aquella noche y nos invitó para que, a la vuelta, durmiéramos en su casa de Tarfaya. La hospitalidad marroquí es admirable, en cuanto conoces a alguien te ofrece su casa, pero de verdad, no por cumplir. Nosotros lo hemos experimentado en nuestros viajes por el interior.
Habíamos pasado controles policiales en todas las entradas a las distintas provincias. Jordi y Àngels, a la que ya en esos momentos llamábamos "Anye" (que es como le llamaban los sevillanos) y nosotros teníamos preparadas listas con nuestros datos y los del coche, pero los sevillanos no, de manera que cada control nos llevaba un buen rato de parón.
Tras muchos esfuerzo, logramos hablar con mi prima Ana, nos habíamos quedado sin operador que nos diera cobertura. Nos estaba esperando, quedamos en volver a llamarla cuando entráramos en Senegal para concretar el día exacto de nuestra llegada. No conseguí saber donde nos íbamos a alojar en Dakar, sólo me decía:
- Prima no te preocupes, está todo solucionado, es un sitio paradisiaco- pero no me decía si era un hotel, su casa o donde.
La primera parada de ese día fue en El Aaiún para conseguir el hielo. Bueno, no fue la primera, en el mismo Aaiún nos pusieron una multa por exceso de velocidad, ponía cuarenta e íbamos a cincuenta, pero lo curioso fue que sin decir nada nos hicieron una rebaja: La multa era de doscientos dirhams por coche, es decir un total de ochocientos, pero nos costó la mitad, no sabemos por qué. Le debimos caer simpáticos al gendarme o, directamente, era una disculpa para sacarnos la pasta, pues parecía difícil demostrarlo.
En el mismo puerto está el "Hotel restaurante Josefina - Comida española", entramos a tomarnos un refresco y vimos con gran alegría que tenían cerveza fría, más de uno pedimos una. Los cuartos de baño estaban impecables y aprovechamos para lavarnos un poco mejor que lo que habíamos hecho por la mañana. También apuntamos este sitio para repetir a la vuelta, y lo cumplimos.
Paramos a comer pescado fresco recién sacado del mar en Bojador un pueblecito pesquero. Una calle que da al puerto está llena de chiringuitos donde fríen enteros los peces que escoges del muestrario que tienen expuesto en la puerta, en grandes sartenes parecidas a las de los churreros. Pepe escogió los doce, uno para cada uno. No sé que tipo de pescado era, pero nos lo dieron muy frito y nos estuvo buenísimo. Por supuesto lo comimos con las manos, al mejor estilo marroquí, con coca-cola y de postre, té a la menta. Nos costó cinco euros a los cinco, Jordi,  Àngels y nosotros tres (habíamos hecho un fondo común que me tocó administrar a mí), incluyendo hasta la propina. Empezábamos a empaparnos de la cultura de ese país, pues "donde fueres haz lo que vieres". Bojador me pareció un pueblo sucio, lleno de polvo pero tenía mucha actividad y encontramos un horno de aspecto europeo total, donde compramos pan, agua fría y pastas. Rafa se comió un pastel de chocolate que tenía una pinta buenísima. Empezábamos a saltarnos todas las normas que dan para viajes a países poco desarrollados: No tomar ensaladas, helados, pasteles que lleven nata o mantequillas, agua que no sea embotellada, sorbetes, productos lácteos, en países tropicales, dormir tapado y con mosquiteras. Nos las saltamos todas a la torera, creo que no cumplimos ni una de ellas. Rafa y Jordi hasta bebieron agua del grifo, Àngels tomo sorbetes, comimos ensaladas todos, pasteles, helados y por supuesto en Senegal, dormimos en pelota encima de la cama y sin mosquitera.
Seguimos viaje, de repente, entre la carretera y el acantilado y a unos diez metros del cortado, apareció un agujero de unos veinte metros de diámetro y una profundidad de más de cincuenta. En la parte de abajo había un hueco abierto al mar por donde entraban las olas. Era increíble, yo no había visto nada igual en mi vida. Jordi comentó que en Santander los hay parecidos, pero para mí fue una sorpresa inimaginable.
La carretera se convirtió en una recta interminable, como las que se ven en las películas americanas donde ponen el "piloto automático" y conducen sentados en el respaldo del asiento, con los pies en el volante, sin mayor preocupación, con un horizonte llano y sin fin a la izquierda y a la derecha parecía que se acabara la tierra de golpe, y que el mar iba desmoronando poco a poco toda la costa, como si fuera una gran bestia insaciable formando acantilados. Vimos una señal de tráfico que advertía del peligro de caer por alguno de ellos, era increíble. La arena cruzaba el asfalto y las ruedas del coche de Nacho, que llevábamos delante, dejaban una estela que al principio era color galleta María y luego se convirtió, en un segundo, en blanco y el paisaje lleno de pequeñas mesetas formando cañones, parecía nevado. Encontramos máquinas quita arena, pues en muchas ocasiones la carretera queda cubierta y es muy fácil despistarse, de hecho en los mapas viene indicado.
El viento nos empuja y el gasto de gasoil es la mitad de lo normal, pero habrá que tenerlo en cuenta a la vuelta, pues si se mantenía ese aire, al llevarlo en contra, se puede duplicar. Allí el gasoil está a mitad de precio y aprovechamos para llenar los jerrys, pues al final no pudimos ponerle el depósito supletorio al coche, en una gasolinera nuevecita que tiene hasta cafetería y que es lo que menos te esperas por aquellos lares. Según los sevillanos, todo eso es nuevo, el año pasado no estaba, se nota que Marruecos ha empezado a colonizar el Sahara Occidental con fines políticos. Al salir del coche el azote de arena que trae el viento es insoportable, se clava como si fueran alfileres. Aquel viento ya no es el que teníamos a la orilla del mar, sino que es toda una tormenta de arena. Según vamos haciendo más kilómetros, más viento, tanto que impide ver mas allá de diez metros de distancia.
Empezaba a anochecer y había que pensar en dónde pasar la noche. Por la emisora Nacho comentó que, otras veces habían dormido al refugio de los acantilados. Yo no entendía muy bien que era eso pero cuando llegamos a uno de ellos lo comprendí. Las paredes son de un aglomerado de conchas con arena de forma que su consistencia no es muy firme y, con el azote del mar, el viento y los fenómenos atmosféricos, se van derrumbando, cayendo grandes placas hacia el fondo que forman unas plataformas que, incluso, permiten acceder hasta las calas. Allí se estaba bastante mejor que arriba, al menos el viento no soplaba con la misma fuerza. Jordi y nosotros montamos nuestras tiendas en una de ellas y los sevillanos en otra un poco más arriba. Estabamos como en un duplex. Sacamos todos los aparejos de acampada y preparamos unos guisantes con bacon y salchichas, de postre cola-cao con galletas y las pastas que habíamos comprado. Fuimos a hacer una visita a nuestros vecinos del "piso de arriba" y estuvimos un buen rato, hasta que el frío nos echó, contando chistes. Rubén aquella noche durmió en el coche, pues era impensable pasarla fuera.
Nos levantamos temprano, al amanecer, el sitio era magnífico para que las necesidades mañaneras las pudieras hacer sin correr el riesgo de que te vieran, había mil escondites. Mientras desayunábamos, recogíamos y colocábamos de nuevo las cosas en el coche, que cada vez se van acoplando mejor, alguno de los sevillanos aprovechó para echar las cañas y ver si picaba algo, mientras, los demás observábamos el paisaje desde el borde o desde las placas que había cerca del agua. Nos habían contado que se pueden encontrar
percebes y mejillones, pero excepto las conchas no vimos ni uno. Eso sí, Jordi cogió un montón de bígaros en un momentito, que guardamos en una botella para cenarlos al día siguiente. No pescaron nada después de más de una hora de intentarlo y nos fuimos con las manos vacías.
Estabamos a trescientos kilómetros de Mauritania, habíamos perdido de vista la cosa y todavía hacía más aire, si cabe, que en los acantilados. No entramos en Dajla (Río de Oro), antigua Villa Cisneros, que está al final de la península que forma una bahía ya que tendríamos que hacer el camino de ida y vuelta. Seguimos y volvimos a ver el mar.
La carretera de Dajla a la frontera se veía recién asfaltada. Hacía solamente dos meses que estaba abierta a la libre circulación, hasta entonces se tenía que ir acompañado de un convoy militar que salía dos días a la semana, por el conflicto con el Frente Polisario. El asfalto se empezó a estropear. De repente un stop en medio, pero no se ve ningún control y a los pocos metros "alto aduana".
Nos piden la documentación del coche, los pasaportes, el papel verde que te dan al entrar en Marruecos. Empezamos a pensar que estamos en la frontera con Mauritania, pero según nuestros cálculos, faltan unos cuarenta kilómetros. Efectivamente era la frontera marroquí. Un policía empieza a buscar el número del bastidor del coche, le enseñamos la plaquita donde aparece grabado y dice que ese no, que el que está en el propio chasis. Rafa no sabe dónde está. Después de más de media hora buscándolo, lo encuentran detrás de la rueda derecha trasera. Todos nuestros compañeros de viaje empiezan a buscar el dichoso número en sus coches. Les hacen pasar de uno en uno a los conductores en una caseta, por indicación del poli, Rafa tiene que ir acompañando a todos para hacer las veces de traductor. Mientras, nos revisan todo el equipaje, nos hacen bajar las bolsas, no se qué demonios buscan. Nos tuvieron más de dos horas y nos quedaba la de Mauritania, que estaba como a seis kilómetros y que habría que ver qué pasaba.
La tormenta de viento en esos momentos era tan brutal que ni con los turbantes y pañuelos puestos por la cara, impedían que comiéramos arena. Por fin nos fuimos y efectivamente a seis kilómetros está el "alto" de Mauritania.

MAURITANIA
La impresión que me produjo no sé si seré capaz de explicarla. Todo lo cutres que me habían parecido los controles en Marruecos, ahora me parecían de lo más apañados. No era comprensible cómo tenían a los agentes de la aduana, policías, militares, en aquellas condiciones. Era una especie de chabola hecha con piedra, como techo unas ramas sujetas también con piedras y con una única habitación oscura, sin ventanas, con un camastro al fondo, con el jefe medio tumbado en ella, una mesa y una silla sin asiento donde estaba el que tomaba nota de los datos. Nos pidieron linternas, por supuesto no tenían luz. Había varios perros y todos tenían algún defecto, o les faltaba una pata o no tenían algún ojo, en fin una pena. Fue cuando nos dimos cuenta de que esa era la zona minada, los perros ya habían sufrido sus efectos. Todas las guías decían que no se puede abandonar la pista por esta razón. Empezamos a preocuparnos, se estaba haciendo de noche y teníamos que llegar hasta Nuadibú, pues acampar allí es muy peligroso, o al menos eso creíamos.
Rubén y yo ya no salimos del coche en los dos últimos controles. Se está haciendo de noche y no es nada agradable estar al aire libre. Rafa tiene que seguir haciendo las veces de traductor por lo que no le queda más remedio que seguir al pie del cañón. Para colmo Álvaro no tiene visado de entrada y tiene que sacarlo allí. Pensamos que esto nos retrasaría más de lo normal pero no fue así, y encima le salió más barato que a nosotros en la embajada en Madrid.
En el puesto fronterizo nos encontramos con José Ortega, el hermano del famoso Antonio Ortega del que tantos correos habíamos leído sobre sus aventuras por aquellos confines. Iba con un pequeño camión y dos coches, un turismo y un jeep. Eso nos dio cierta tranquilidad, pues al parecer, el tal José hacía este viaje, hasta Mali, al menos dos veces al año e incluso llevaba un guía. Salieron antes que nosotros y los perdimos de vista pero esperábamos encontrarlos más adelante.
Tardamos cinco horas en coger la famosa pista que no había que abandonar, en medio de una terrible tormenta de arena. Era imposible de seguir, se perdía en mil sitios, cubierta por dunas, las rodadas no se veían, la tormenta las hacía desaparecer o se dividían en mil direcciones.
Hasta ese momento, los sevillanos habían sido los que iban primero guiándonos, pero allí dejaron que Rafa y Jordi tomaran las riendas. Nuestros dos coches iban juntos, una veces Jordi delante, otras detrás. Por la emisora nos hacíamos las indicaciones pertinentes:
- ¿La ves por ahí?
- No, la he perdido, espera que miro detrás de esa duna. Aquí están las rodadas otra vez, ven para acá.
Los sevillanos se habían quedado más retrasados; vieron el camión de Ortega y decidieron seguirle. Pero también él se perdía y tenía que dar marcha atrás. Al final decidieron unirse a nosotros. Aquello fue una locura de idas y venidas por roderas que no llevaban a ninguna parte, que aparecían y desaparecían con la misma facilidad. Rafa con su sexto sentido, a campo traviesa consiguió ver una que parecía la buena. Todos nos siguieron. Pepe no paraba de decir por la emisora:
- Tíos, estamos haciendo lo que todas las guías dicen que no se haga, salirse de la pista.
Yo estaba muy asustada, aunque trataba de que no se notara, pero las manos las llevaba agarradas a los asideros del coche con tal fuerza que terminé dolorida, los ojos tan abiertos como podía para tratar de ver algo en aquella oscuridad. El arena azotando y el viento soplando, impedían ver más allá de tus narices. Todo se había puesto en contra. Trataba de ayudar a Rafa diciendo lo que veía o lo que creía que debía hacer:
- No te salgas, sigue a Jordi.
- Mira, ahí hay roderas.
La tensión de nervios se notaba en todos nosotros. Había que encontrar una vía de tren y seguir a su lado hasta Nuadibú. Faltaban unos cincuenta kilómetros.
De frente vimos un faro iluminando que parecía no moverse, pensamos si sería Ortega pero al momento nos dimos cuenta que era el tren. Estabamos al lado de la vía y no la habíamos visto. Un tren, que no terminaba de pasar, con 250 vagones y más de dos kilómetros de largo, el más largo del mundo, pasó a nuestro lado. Continuamos al lado de la vía en dirección Sur hasta que empezamos a ver luces y algunos vehículos con matrículas locales, la alegría empapó el espíritu de todos.
Llegamos, por fin, a Nuadibú. Teníamos que buscar un hotel ya que llevábamos dos días sin dormir en un colchón, con el viento metido en los oídos y sobre todo Rubén que, además de todo eso, había pasado la noche en el coche sin pegar ojo.
Al entrar en la ciudad, Jordi iba el primero, preguntó a un autóctono por un hotel, se montó en su coche, en el mismo asiento que Àngels lo que hizo que, por las emisoras, se hiciera más de una broma. Era joven, negro, alto y guapo. Nos llevó a uno. Había habitaciones, nos las enseñaron. Eran enormes, tenían una primera habitación con una mesa de reuniones y una pequeña nevera, el dormitorio en sí, con la cama de más de dos metros tanto de ancho como de largo, las mesillas, un sofá, dos butacas y una mesa bajita, y un cuarto de baño completo. Todas eran iguales. Cogimos cuatro, una para Ángel y Nacho, otra para Jordi y Àngels, otra para Rubén y otra para nosotros. Al resto, mientras esperaban fuera, les habían ofrecido ir a un albergue que costaba muy barato, pues el hotel era carísimo, y se fueron para allá. El dueño del albergue nos encargó unos calamares y patatas fritas para cenar. Rubén, Jordi y Àngels estaban tan cansados que no nos acompañaron, se comieron un bocata en la habitación y se acostaron directamente. A la mañana siguiente el dueño del albergue se encargó de hacernos todos los papeles, de cambiar dinero, sacar los pases al parque Banc d'Arguin, el seguro del coche, por supuesto por una comisión. Empezábamos a pensar que Mauritania nos estaba saliendo un tanto cara y todavía no habíamos empezado a circular por allí.
En el albergue había tres coches con matrículas españolas y por la mañana estuvimos hablando con uno de los pasajeros, eran vascos. Nos contó que hacía cinco días, en la zona minada, le estalló una bomba a una pareja de alemanes y que el coche quedó destrozado y la mujer había perdido un ojo. Nos dimos cuenta que el miedo que habíamos pasado estaba justificado y que el peligro era real a pesar de las bromas que en esos momentos ya éramos capaces de hacer.
Al coche de Jordi le sonaba algo en una rueda desde Marraquech, que dejó de sonar en algún momento, pero no dudó llevarlo a que, un mecánico le echara un vistazo no fuera a ser que se quedara tirado. Por la mañana, el dueño del albergue, que se había convertido en nuestra "gestoría" particular, le llevó a un taller, por lo que cobró también una comisión. Nosotros nos levantamos a las diez y media, después de dormir como lirones.
Nuadibú me causó mucha mejor impresión de lo que esperaba. Me habían contado que era un poblacho de mala muerte, a pesar de ser la segunda ciudad más importante de Mauritania, y la verdad es que estaba mucho mejor que muchos de los pueblos grandes que pasamos por Marruecos, mucho más limpio y con un montón de tiendas bien surtidas. Después de la consabida compra de hielo y ahora también sardinas para cebo, salimos a las dos de la tarde, tras hacer quince kilómetros en una ciudad que son dos calles de no más de dos.
Teníamos que volver por donde vinimos, pero ahora en dirección Norte, pues Nuadibú está en uno de los extremos de la península que forma la bahía de su mismo nombre y hay que rodearla para coger dirección Sur. De día las cosas se ven de otra manera, la vía del tren la localizamos rápidamente, la seguimos y en el PK 45 la cruzamos. A partir de ese momento empezamos a seguir los WP que nos marcaban la ruta exacta. Hicimos más de cien kilómetros por una llanura. Estabamos pasando por todos los puntos con una exactitud pasmosa, no nos estabamos desviando nada. En un momento, Ángel subió por una gran duna, todos los demás le imitaron. Hicimos las fotos pertinentes y a la hora de bajar, dos coches se quedaron atascados en la arena, el nuestro y el de Nacho. Jordi con su cabestrante tuvo que tirar de los dos para bajarlos, después de quitar un montón de arena de la que cubría las ruedas.
Acampamos bajo dos acacias del desierto, llenas de espinas, tras una duna. Cenamos patatas fritas, ensalada murciana y los bígaros que había cogido Jordi en el acantilado. A lo lejos se veía una tormenta, Pepe dijo:
- Esta viene para acá, ya veréis como llueve.
Todos nos reímos pensando que bromeaba. Àngels, Nacho, Ángel y nosotros nos metimos en las tiendas para intentar dormir, cosa que fue prácticamente imposible. Las bromas sobre la noche anterior y la llegada a Navidú (nombre en sevillano de Nuadibú) contadas por Pepe no nos dejaban dejar de reír. Acabaron con dos botellas de güisqui y con un cachondeo que no era normal. De repente, truenos mucho más cercanos, empieza a llover, no teníamos puestos los techos de las tiendas, era la primera noche de acampada que no hacía viento, ¡pues tuvo que ponerse a llover!. Nuestra tienda sólo tiene un pequeño respiradero en la parte superior, pero lo suficiente para que nos entrara el agua. Las de los demás se encharcaron, tuvieron que dormir en los coches.
Nos despertamos sobre las siete, con las primeras luces, había sido una noche toledana, primero los chistes, luego la lluvia, en fin, un desastre.
Rubén empieza a estar harto de tanto coche, pensaba que estaríamos más tiempo entre etapa y etapa, pero la prisa de los sevillanos no nos lo permitía aunque esperamos hacerlo a la vuelta.
Hicimos más de cien kilómetros por una llanura, alguna cadena de dunas de vez en cuando, cogíamos velocidades de mas de 100 km/h. Habíamos leído mucho sobre la velocidad que se puede alcanzar por estas pistas y todos aconsejan no confiarse, pues cuando menos lo esperas te encuentras un desnivel o al remontar pequeñas dunas la caída es en vertical. Nosotros estuvimos a punto de que nos pasara, gracias a la pericia de Rafa logramos frenar antes de estampar el morro del coche contra el suelo.
Es increíble cómo puedes perder de vista a los coches en una explanada inmensa que llega hasta donde alcanza la vista. Pues los pierdes, pero gracias a las emisoras es fácil localizarnos y volver a reunirnos. Paramos en un pozo que estaba en uno de los WP, sacamos agua y estaba asquerosa, tenía hasta cabezas de pescado, no se si esos pozos los utilizan para algo, pero desde luego en el estado que estaba ese de poco sirven, debía estar abandonado.
Tras una gran duna había varios coches y camiones mauritanos que parecían acampados, no sabíamos muy bien que significaba aquello. Más tarde llegamos a la conclusión de que era un "área de servicios de la carretera nacional Nuadibú - Nuakchot". Por supuesto que la mencionada carretera no existe como tal o al menos lo que entendemos nosotros como carretera y en aquel campamento debían de tener bidones con gasoil, pues desde Nuadibú a Nuakchot hay más de cuatrocientos kilómetros y entre medias no hay ningún pueblo y por supuesto ninguna gasolinera.
Cuando llevábamos mas de cien kilómetros hechos, hicimos una parada, caía un sol de justicia, Jordi sacó una sombrilla de Kas que nos sirvió de refugio para no caer desplomados, aunque la imagen era un tanto peculiar. En medio del desierto una sombrilla de Kas limón, también hubo sus bromas al respecto. Comparamos los itinerarios que teníamos marcados y vimos que el de los sevillanos en un momento iba hacia el mar, mientras que el nuestro seguía por el interior. Decidimos seguir el de los sevillanos y a unos dieciocho kilómetros, tras sortear mas de un banco de dunas, nos dimos de narices con el mar. Estabamos en el Banc d'Arguin. Vimos a lo lejos un pequeño campamento y nos acercamos, era el cabo Tafarit. En la playa, muy protegida por dos grandes acantilados, había tres jaimas y varios coches. Nos sorprendió ver tanta civilización tras dos días de no cruzarnos con nadie excepto algún dromedario o zorro del desierto que otro.
Nos salió a recibir un español, catalán para mas señas: Pep. Nos contó que llevaba seis años viviendo en Mauritania, que vino para seis días y que se había quedado. Les pidió a Jordi y Àngels que le hablaran en catalán, hacía mucho tiempo que no oía su lengua. Estaba acomodado en una de las jaimas con un montón de valencianos que habían ido a pasar unos días.
Lo primero fue ponernos los bañadores y meternos en el agua. Bueno, algunos porque Pepe y Nacho, sacaron las cañas, las hincaron en la arena y esperaron a que picaran. Y efectivamente picaron, sacaron seis lubinas que nos cenamos aquella noche hechas a la brasa y un tiburón pequeño. Creo que nunca había comido un pescado tan fresco. Pepe se puso todos los aparejos de buceo incluido una pistola con arpón y se acerco a las rocas para ver si pescaba algo. Estuvo más de dos horas y cuando volvió, nos contó con su acento andaluz y su forma de hablar, los sustos que se había dado al ver toda clase de peces que debajo del agua parecen grandísimos. Sacó una raya, pero la gracia con la que contaba la experiencia merecía la pena escucharla, nos reímos de lo lindo.
Nos pareció el paraíso, un mar azul turquesa, una playa de arenas finas, con un agua templada y donde no te cubría a no ser que te metieras muchos metros hacia dentro. Los bancos de peces te rodeaban, los cangrejos corrían por la playa. Podías encontrar toda clase de escualos secos en la orilla, almejas en la arena, en fin el paraíso.
Aprovechamos para lavarnos un poco mejor que lo habitual, hacer la colada y relajarnos al máximo posible. Dormimos la siesta, aunque las moscas eran muy pesadas. Ya no estamos acostumbrados a la incomodidad de las moscas, hace años que en Madrid, prácticamente las moscas no existen, pero a pesar de ellas fue una tarde maravillosa.
Montamos las tiendas y apareció inmediatamente un mauritano para decirnos que acampar allí costaba dinero, que si queríamos una jaima nos la alquilaba por seis mil ougillas y que poner nuestras tiendas, dos mil. Seguíamos confirmando que Mauritania nos estaba saliendo más caro de lo que esperábamos ya que por todo había que pagar. Podíamos habernos ido al otro extremo de la playa, pero nos quedamos allí. Como humanos que somos, la compañía de congéneres nos atrae y ayuda mucho a relajar.
Por la noche empezó el aire, no con tanta fuerza como los días anteriores pero aire. Jordi y Àngels durmieron en la jaima de Pep y Rubén aprovecho su tienda para dormir bajo refugio.
La baca del coche de Ángel, con el peso que llevaba, se desplazaba al más mínimo frenazo o bote y empezó a tener problemas de potencia, por lo que decidieron ir él y Nacho solos a Nuakchot a solucionarlo. Descargaron todo el equipaje y a la mañana siguiente salieron muy temprano para pillar la primera bajada de marea, pues la entrada en Nuakchot se hace por una playa que a un lado tiene dunas y al otro, como es lógico, el mar y sólo se puede pasar cuando la marea esta baja. Les acompañaba Enrique que había decidido volverse en avión y no hacer el viaje de regreso. El resto se quedaron instalados en una de las jaimas, pescando, con todas las cervezas, el güisqui y la comida y esperar a que volvieran a recogerlos. Por lo que supimos después fueron unos de los mejores días de su vida, estaban en el paraíso de los pescadores. Según nos contaron unos españoles que encontramos en Senegal que los vieron a la bajada y también, a la vuelta, el mauritano que alquilaba las jaimas, habían dejado "vacío el mar". Sacaron atunes enormes y por supuesto lubinas a mansalva.
Por la mañana nos despedimos del grupo que quedaba. Quedamos en vernos en Sevilla para enseñarnos las fotos y salimos tranquilamente, ya a nuestro ritmo con destino a Dakar.
Íbamos muy cerca de la orilla, por una pista al principio dura llena de ondulaciones que parecía que se te iban a caer los empastes y a descuajaringar el coche, luego con arena y dunas que había que sortear, más tarde charcos y barro, se había convertido en una pista de patinaje, el coche empezó a resbalar y en un momento dimos un trompo, según Rafa el coche se quedó en dos ruedas. Yo no me percaté pero sí nos dimos un gran susto. Estuvimos a punto de volcar. Salimos de los coches para observar el paisaje y lo primero un resbalón de Àngels, se cae de culo y se pone de barro hasta las cejas, tuvo que meterse en el agua a lavar los pantalones, la camiseta y a ella misma. Yo según puse el pie en el suelo me quedé pegada, el barro hacía las veces de imán y si me movía, corría el peligro de que me pasara lo de Àngels, de manera que cada paso era estudiado con mucho cuidado previamente.
Estabamos en una gran bahía, con una isla a lo lejos, llena de pelícanos, flamencos, garzas, cormoranes, cangrejos. En esa costa es donde están los únicos ejemplares de focas monje. Es el Parque Nacional del Banc d'Arguin, una reserva natural protegida. Terminaba en Tel Alloul, donde nos pidieron las entradas que habíamos comprado por medio del dueño del albergue en Nuadibú. Mientras Jordi y Rafa hacían los trámites pertinentes, pues en aquel país todo lleva trámites, nos rodearon un montón de niños pidiendo camisetas, caramelos, lo de siempre. Una niña de unos siete años, le enseñó a Àngels una herida que tenía en un dedo del pie. Sacó algodón, agua oxigenada y se la limpió, pensaba ponerle una gasa con esparadrapo, pero cuando la cría vio las tijeras para cortar la gasa, pensó que le iban a cortar el dedo y salió corriendo con un susto de mil diablos. Tuvo que venir uno de los guardias del Parque para convencerla de que lo que iban a cortar era la gasa, no su dedo.
Allí nos volvimos a encontrar con Ortega y los suyos. Teníamos que esperar un par de horas hasta que bajara la marea. Nos pusimos los bañadores y nos dimos un baño buenísimo, comimos unos bocatas de jamón y esperamos. Al momento vimos que el convoy de Ortega pasaba y decidimos empezar nosotros nuestra bajada por la playa. Una vez que empiezas no puedes parar, pues te puedes quedar atascado en la arena mojada, sólo hay un par de sitios donde hacer un descanso. De pronto oímos por la emisora:
- ¿Jordi, Rafa, me copiáis?
Era Nacho, todavía estaban por allí y a los pocos kilómetros los alcanzamos. Habían calculado mal el horario de las mareas, no tuvieron paciencia para esperar y decidieron ir por las dunas de la orilla. Se habían quedado prácticamente enterrados en una de ellas, sin saber como salir, los dos coches igual, gracias a que, al cabo de varias horas, apareció un camión y entre todos los que iban y empujando lograron sacarlos. No llevaban comida ni agua ya que pensaban llegar a comer a Nuakchot, fuimos su salvación.
La manera de pasar aquella playa para no tener problemas era ir a bastante velocidad, los coches daban tales saltos que en algún momento tenían las cuatro ruedas al aire. Paramos un momento al lado de un barco varado, todo oxidado, impresionante. Vimos un autobús, también varado por calcular mal y el mar se lo comió, aunque ahora, con marea baja, estaba en la arena. Era de unos hippies que había pasado hacía dos días y que todavía merodeaban por allí. Son ciento sesenta kilómetros alucinantes, los peces globo y las esponjas abundaban en la orilla, yo pensé que a la vuelta cogeríamos alguna.
La entrada en Nuakchot era por la playa donde atracan los barcos de pesca, pillamos justo el momento de la vuelta de los pescadores. Eran barcazas de mil colores con montones de gentes esperando a la orilla y tienes que pasar a toda mecha, sorteando barcas, niños, boyas, gentes, cestos de pescado. El colorido es impresionante, todo un espectáculo, pero no pude tirar ni una foto, íbamos a demasiada velocidad, una lástima.
Buscamos el hotel que Pep, el catalán del cabo Tafarit, nos había recomendado: "El Amane" se llamaba. Aunque la fachada no presagiaba nada bueno, por dentro tenía su encanto. En el centro un patio con celosías en el techo que trenzaba una buganvilla. Las habitaciones en el piso de arriba. En los pasillos un calor impresionante, pero los cuartos tenían aire acondicionado, que no funcionaba muy bien y hacia un ruido considerable, y su baño. En la recepción vimos unas fotos de lo que creíamos era Chinguetti, con grandes charcas con cocodrilos y dunas impresionantes. Nos planteamos la posibilidad de visitarlo a la vuelta, si íbamos bien de tiempo. Volvimos a hacer la colada y bajamos a cenar. Nacho, Ángel y Enrique decidieron buscar otro hotel pues aquel no les convencía demasiado. A nosotros nos gustó, aunque el precio era desorbitado, ocho mil pelas la noche, mil quinientas el desayuno, vamos, como cualquier buen hotel en España y, desde luego, aquel no era ni mucho menos como los de España de ese precio. No dejaba de sorprendernos lo caro que resultaba todo en aquel país, un país pobre, sin infraestructuras de ningún tipo, con sólo dos carreteras asfaltadas, en el que la miseria se ve por las calles, pero los precios son como los de cualquier capital europea.
Volvimos a cenar pescado, langostinos, unos merluza, otros corbina o lenguado, todo muy rico, eso sí, cuatro mil por barba. Nos despedimos de nuestros compañeros de viaje y nos fuimos a dormir. Por la mañana: desayuno continental, muy europeo. Salimos a dar un paseo por el mercado de telas. Rubén, ya en la puerta del hotel, empezó a dejarse liar por los mil vendedores que te acosan. Compró a uno de ellos, cuatro cuadros hechos con arenas de colores, una talla de madera y algún collar que otro. Nos dimos cuenta que era presa fácil pues no sabe regatear y con la pena que le daba la miseria que veía, no se atrevía a pagar menos de lo que le decían. Gracias a que no tenía mucho dinero y quería reservarlo para Senegal.
Salimos con destino a Rosso, la frontera donde teníamos que cruzar el río Senegal en un transbordador para llegar a aquel país. El paisaje empieza a cambiar, hay árboles, vegetación, los tonos verdes empiezan a predominar y vemos los primeros baobab. Esta zona es la más poblada de todo Mauritania, está llena de pallozas con el techo de uralita, o grandes tiendas de campaña, muchas cabras, dromedarios, ovejas.
Los controles son continuos, sólo nos preguntan que si todo bien en Mauritania, que de dónde venimos, que a donde vamos, sólo uno nos ha pedido los pasaportes, y gracias a los bolígrafos de Jordi y Àngels no nos entretienen demasiado.
De repente se nos cruza un lagarto del tamaño de una iguana en medio de la carretera, Rafa pega un frenazo y Jordi se estampa contra nosotros. A él se le ha roto un faro y el capó no se puede abrir. A nosotros se nos ha abollado el parachoques e impide que abramos el portón trasero y nos ha roto un intermitente. Cuando lleguemos a Dakar lo arreglaremos. Sin darnos cuenta estamos en Rosso, parece un poblado, lleno de gentes, coches, en fin una locura y al momento tenemos los coches metidos en el transbordador.
Ya nos había advertido el consejero comercial de Dakar, que el paso de la frontera por allí, era una locura, que tenías que pagar mil sobornos, pero fue mucho peor de lo que esperábamos.
Jordi y Rafa salen de los coches con los pasaportes. Rubén y yo nos quedamos en el nuestro y Àngels en el suyo ya sobre la plataforma del transbordador, con montones de gente empujando. Un calor sofocante, pero en el coche se está peor aún, de manera que salimos y esperamos. El suelo de hierro abrasa, la chapa del coche también y no se sabe que es peor. Al momento aparece Rafa, el transbordador se pone en marcha. Le pregunto por Jordi y dice que se ha quedado en tierra, que luego le traerá un poli. Yo me empiezo a preocupar, ¿cómo dejamos a Jordi en la otra orilla? ¿y con los pasaportes?. En uno de los empujones me doy cuenta que están tratando de robarme la pitillera, pensarían que era el monedero. Desembarcamos, aparece uno, nos pide las cartillas de vacunación, se las damos con la confianza de que será alguien de la frontera, pues por su indumentaria no era ni poli, ni nada parecido. Yo pienso:
- Esto es la pera, le damos nuestros papeles al primero que se asoma por la ventanilla -.
Rubén se va a hacer compañía a Àngels que por la emisora esta diciendo:
- Me muero, yo me muero como no nos vayamos pronto.
Nos piden la documentación del coche, Rafa les acompaña. Jordi sigue en la otra orilla.
Llevábamos mas de una hora y no tenía visos de que fuéramos a marcharnos. Sigue haciendo el mismo calor, estamos a 49ºC y el termómetro subiendo, cerramos los coches y ponemos el aire acondicionado. Aparece Rafa con un cabreo como yo no le he visto nunca, mandando a la mierda y cosas peores, en un correcto francés para que se entere, a uno de los que le persigue pidiéndole dinero. Les dice que le dejen tranquilo, que no volverá a ese país, los otros contestan que tiene que volver a pasar a la vuelta, él dice que eso ya se verá, le acaban de decir que o paga el rescate de su amigo o no lo traen, todo delante de un policía, contesta que eso es un chantaje, el poli como si no fuera con él, todos forman parte de la misma mafia. Estamos empezando a ponernos nerviosos.
Por fin traen a Jordi, tardamos cuatro horas en salir de allí, las cuatro horas más angustiosas que habíamos pasado hasta entonces, pero al fin nos vamos. Estamos a doscientos cincuenta kilómetros de San Luis y en el rato que los recorrimos, nos dio tiempo para serenarnos y poder disfrutas del nuevo paisaje.

Carmen de Pablo





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