El 23 de marzo partimos, los 3 Jeep y sus 6 tripulantes: Guido y Eduardo, Ernesto y Flavio, Alfredo Pelegrina (Obelix) y yo, a eso de las 6,30 AM desde el Km 77 de la RN 8, con rumbo al Dpto. Iglesia sito al noroeste de la provincia de San Juan. Allí arribamos, después de un par de pequeños inconvenientes técnicos, poco después de las 4 AM del 24 de marzo. Dormimos en el vagón de los viajeros y nos levantamos cerca de las 9 de la mañana, para dedicarnos a preparar la travesía. Visitamos a don Tino Ramos en su taller, cargamos agua, combustible y dejamos todo listo para la partida. Después descansamos.
El viernes 25 salimos, no muy temprano, con rumbo a Guandacol (pcia. de La
Rioja). Habíamos decidido intentar llegar a San Guillermo por el noreste, debido a que en mi última comunicación telefónica con Gema Solar, ella me dio el mensaje de Iván de que los guardaparques habían intentado subir por el Río Blanco hacía unos días y no lo habían conseguido porque las lluvias y crecientes habían cortado la entrada al parque, tornando imposible el acceso por ese lado.
Desde Guandacol se sube a Zapallar por un precioso camino de tierra (mucha tierra), que zigzaguea entre montañas y cruza pequeños ríos. La vista es lindísima y manejar el Jeep por ahí ya despierta el entusiasmo de haber comenzado la travesía. Pasando Zapallar el camino pasa a ser una huella, y parte de ella va por el cauce seco de un río que seguramente existirá solamente cuando llueve. La subida se va haciendo cada vez más lenta por las condiciones del suelo y porque siempre, en la Pcia. de La Rioja, cuando se trepa por una quebrada el viento está de cola (lo que hace subir la temperatura de los motores y bajar su rendimiento).
Varias horas después de haber iniciado el rumbo norte, arribamos al Parque Nacional Laguna Brava. La huella torció al oeste y la subida se hizo más pronunciada. Empezamos a ver guanacos y ñandúes, cerros de distintos colores (predominando los rojos y verdes) y un rato después estábamos a 4.200 msnm.
Al llegar arriba del cordón que estábamos cruzando, al fin el rumbo tomaba hacia el sud oeste. Los paisajes cambiaron allá arriba. Apareció un salar a nuestra derecha y al frente una gran pampa (altiplanicie) bordeada de cerros multicolores al este y delimitada por los cerros nevados de la Cordillera de los Andes al oeste. Muy cerca se veía el pico del cerro Toro. Aceleramos (ya se nos había hecho demasiado tarde) por una polvorosa huella que nos llevaría a nuestro primer vadeo del Río Blanco; manso allá arriba, aún sin el aporte de las aguas de los ríos La Palca y San Guillermo.
Luego del vadeo nos sorprendimos por el rumbo de la huella. Volvíamos a tomar rumbo norte, pero nosotros estábamos bastante al norte del refugio Agua del Godo, adonde nos dirigíamos. Luego de consultar los mapas y verificar que deberíamos seguir un poco más en ese derrotero, continuamos a lo que se podía, mientras por radio discutíamos qué hacer al llegar a la bifurcación. Una huella seguía hacia el oeste, rumbo al Cajón de la Brea, donde había un refugio minero a unos 15 km. La otra se dirigía directamente hacia el sur, al refugio Agua del Godo, que estaba a unos 50 km en línea recta (después nos daríamos cuenta que el camino era mucho más largo que eso). Esta última era la que nos llevaba al Parque Nacional San Guillermo.
Flavio y Ernesto sugerían hacer noche en el Cajón de la Brea, donde llegaríamos más rápido. El sol ya se estaba poniendo al arribar al cruce. Eran más de las 19 hs. Yo quería llegar a Agua del Godo. Guido dijo que estaba de acuerdo y torcimos a nuestra izquierda. A poco de andar ya no pudimos correr más. Las cortadas del agua, las innumerables curvas y contracurvas, subidas y bajadas, badenes, etc. solo nos permitían de vez en cuando una segunda alta y el resto en primera o en baja. Mientras la huella nos ocupaba y la caída del sol nos preocupaba, asomó sobre las crestas del cordón al este una preciosa luna llena que nos acompañó durante lo que nos restaba de camino, y quedó pintada en una foto en que Guido la capturó.
Serían las 21 hs aproximadamente, cuando Ernesto y Flavio, que iban punteando, nos avisan muy preocupados que venía una quebrada con piso muy flojo e inclinado hacia el precipicio, y que habían pasado un gran susto cuando el Jeep se les deslizó de costado hacia abajo. Y no exageraban. La cosa era fea. La inclinación de los Jeep era diurética y laxante a la vez y el piso muy inseguro. Y estaba en subida. Pero la Pachamama ese día no cobraba peaje y nos permitió seguir sin más que esa advertencia. Más adelante vadeamos el San Guillermo que brillaba blanco a la luz de la luna.
Aproximadamente media hora después, el Llano de los Leones. No podíamos ver mucho. La luz de la luna no era suficiente para apreciar los paisajes ni divisar animales a lo lejos, y estábamos apurados por llegar. Así que aceleramos y lo cruzamos a la velocidad que pudimos, creo que cerca de 60 km/h durante un buen rato. Pero al terminar el llano las cosas se complicaron y siguió un buen trecho de huella que se perdía y reaparecía aquí y allá, cortada por las aguas de recientes lluvias que bajaban de los cerros. Vadeos del San Guillermo, pequeño y manso pero a veces en forma de zanjón angosto y profundo. Y al fin allí delante, a los pies de un cerro, blanqueó el refugio.
Bajamos la comida, bolsas de dormir, y nos dedicamos a reponer energías con
unas sopitas, un delicioso arroz con arvejas y porotos que preparó Obelix (con efectos colaterales y secundarios posteriores en un par de integrantes de la travesía), sardinas y pan. Después a dormir.
Quiso mi aversión a la altura que esta noche fuera otra mala noche para mi.
El dolor de cabeza que había empezado antes de llegar a los 4.000 metros de altura había sido tenue, y desde que tomamos rumbo sur habíamos bajado bastante. El refugio estaría a unos 3.200 msnm, pero el cansancio y esa altura fueron suficientes y al rato de acostarme el dolor fué subiendo en intensidad, y empecé a tener dificultad para respirar. En algún momento me levanté al baño y hacía mucho frío. Al volver a meterme en la bolsa de dormir, temblaba y los dientes me castañeteaban. Tomé la campera y me la puse encima, pero los temblores, el dolor de cabeza y los mareos siguieron hasta que me levanté. Lo hice último. No tenía fuerza ni ánimo y pensé que ese día no iba a poder hacer nada, pero tenía que levantarme porque ya salíamos. Sentía muchas náuseas, así que me puse la campera, pasé rápido al lado de los muchachos saludando apenas, llegué afuera y vomité. Y se me pasó el mareo. Flavio me dio una pastilla de Ibupirac y en menos de 10 minutos se me pasaron los dolores de cabeza. En poco rato lo único que me quedaba era el cansancio de la mala noche y la agitación al caminar o hacer esfuerzos. Pero me sentía bien.
Repusimos combustibles, ajustamos tuercas, cargamos y acomodamos y partimos
al sur, a conocer el parque e intentar salir por el Río Blanco. A Guido no le quedaba nafta suficiente para volver por La Rioja, así que no importaba lo que nos hubieran dicho sobre la imposibilidad de ese camino. Teníamos que bajar por ahí o subir hacia Vinchina sabiendo que habría que hacer parte del camino tirando al Jeep de Guido. Y eso no sería nada fácil.
Dimos una vuelta por el circuito de Los Caserones. Un lugar increíble. Una planicie rodeada de cerros, enormes piedras y extrañas formaciones por todas partes, todo de distintos colores muy vivos, y al fondo pero muy cerquita nuestro los picos nevados de la cordillera. Aquí nomás el cerro Toro. Tropillas de vicuñas y algúnos ñandúes. Cóndores volando y el silencio inmenso al parar los motores para bajar a ver.
Ahora sí, llegó la hora de intentar volver por el Río Blanco. Estamos apurados, porque si no podemos pasar la cosa estará bastante fiera. Así que enfilamos nuevamente al sur. Trepamos un rato y después viene la bajada y el inmenso Llano de San Guillermo. Una línea recta lo cruza por el medio, rumbo a la Quebrada de la Alcaparrosa, por la que bajaremos 1100 metros de altura en 11 km. de recorrido. Cruzamos el llano en tercera a fondo, divisando algún guanaco (Guido que se había escapado a la cabeza de la columna veía las tropillas, pero cuando nosotros llegábamos ya se habían ido). La vista seguía siendo maravillosa. Llegados a la quebrada, la recta se acabó. Empezaron primero suaves curvas y piso más ripioso, más blando. Poco más adelante las paredes de los cerros estaban más cerca, el piso era más duro (pedregoso) y los estragos del agua de las lluvias que por ahí bajaba se apreciaban en la vista y en los asientos. Hubo que poner la baja y peludear en primera y segunda, hasta salir de la quebrada. Después el camino torcía a
la derecha, rumbo a la junta de los ríos Blanco y La Palca. Bajamos al cauce hacia el este y vadeamos el Blanco antes de la junta, manso todavía. Varios kilómetros más adelante su caudal se notaba incrementado. Siguió la bajada entre tramos de cornisa bastante deteriorados, dos o tres vadeos del Blanco que no implicaron dificultades aunque los hicimos con dudas; muchos kilómetros de pedregales, muchas curvas, subidas, bajadas. Llegamos a una cortada de bajada de agua. Para pasarla había que bajar por una estrechísima cornisa con mucha pendiente, pero en su punto inferior torcía a más de 100 grados hacia la derecha y subía también abruptamente, pegada a la pared del cerro. Del lado abierto casi no quedaba lugar para apoyar la rueda trasera, y lo que había estaba improvisadamente acuñado con algunas piedras. Pasamos muy justo, en primera baja, muy pegados al cerro. Siguió Ernesto y atrás Guido. El largo de su Jeep no daba para hacer la misma maniobra y tuvo que apoyar la nariz del bravo rojo en la pared de la montaña (heridas de guerra). Se sospecha que la rueda trasera del lado del acompañante apenas apoyó unos milímetros sobre el borde.
Y bueno, más subidas, más bajadas, un par de vadeos y estamos en El Chinguillo. ¡Qué alegría! Llegamos, todos bien, todos andando y Guido con nafta de sobra para llegar a Rodeo. Unas 4 horas nos insumió la bajada hasta ahí. Nos recibieron con alegría, atacamos inmediatamente los racimos de más de 4 variedades distintas de uvas maduras y exquisitas del gran parral mientras nos preparaban el mate con pan casero, queso de cabra y dulce de leche casero también. Estaban don Juan, Bubi, Silvana, Juancito y Aylén (de visita, ahora viven en Caucete porque Juancito tiene que ir a la escuela) y Fabián (hermano de Bubi y de Iván). Iván estaba en la montaña, había llevado unos turistas a filmar, a caballo.
Después de la mateada y charla, una buena ducha. Rato después, el pollo al disco con arroz, arvejas y porotos. Y a la cama.
El domingo nos levantamos tarde, bien descansados. Desayunamos bien, con unas tortitas con chicharrones que amasó Silvana la tarde anterior; cargamos los Jeep, acomodamos las cosas para hacer lugar en el Jeep de Guido para llevar a Bubi, Silvana y los chicos hasta Rodeo y partimos. El camino era un lujo y los vadeos estaban muy lindos, así que a eso de las 13 hs. Ya estábamos en Rodeo. Devolvimos los bidones que nos había prestado don Tino Ramos y seguimos a la finca, donde mi familia nos esperaba con empanadas, asado de vaca y chivo.
Después, ya la ruta. Ahí nos separamos. Flavio y Ernesto tomarían rumbo sur hacia Calingasta. Nosotros, hacia San Juan y seguiríamos para Buenos Aires.
Salimos tarde de Iglesia, paramos a dormir en Villa Mercedes a las 2 AM y ayer 28 de marzo hicimos el último trecho.
El haber subido por el norte fué un acierto de Guido; no solo era lo prudente de acuerdo a las noticias que teníamos, sino que nos permitió conocer mucho más. Los paisajes y caminos desde Guandacol hasta la entrada del Parque San Guillermo son impagables y nos los hubiéramos perdido de no haber hecho caminos distintos a la ida y a la vuelta. Guido se había informado en debida forma previamente, hablando con Federico Kirbus y me convenció de subir por ese lado.
Mi navegante, como siempre, de lujo. Mejor imposible. Se ocupó de los equipos de comunicación de todos los Jeep, y llevaba el GPS con la información cargada previamente de waypoints y tracks, nos mantenía siempre informados sobre el rumbo, la altura, velocidad y tiempo estimado de arribo a cada punto. Cebó mate, cocinó y ayudó siempre que hizo falta, y por si fuera poco también filmó. Gracias, tocayo!!!
Fué un verdadero gusto compartir este viaje con gente excelente. Todos y cada uno. A Guido y Obelix ya los conocía de antes y siempre es un placer estar y charlar con Uds., y fué también un placer compartir con Eduardo, Ernesto y Flavio, a quienes conocí en esta oportunidad. Gracias, amigos.
Alfredo
NOTA:
Don Juan Solar es el dueño de la estancia El Chinguillo, al norte de Malimán, en el Dpto. Iglesia de la Pcia. de San Juan. Bubi es su hijo mayor, Silvana la esposa de Bubi y Juancito y Aylén los hijitos del matrimonio.
Fabián e Iván son otros 2 de los 14 hijos de Don Juan.
Don Tino Ramos es un amigazo, mecánico de Rodeo, que siempre nos ayuda y nos deleita con sus anécdotas.
Guido, Obelix y Ernesto son Jeeperos amigos y Eduardo y Flavio acompañantes
y amigos de Guido y Ernesto respectivamente.
Alfredo A. Córdoba - Colaborador experto de KWANG 4X4.
Abril 2005