CAZADORES DE DINOSAURIOS N.O.A. - ARGENTINA

Algunos de nosotros estuvimos presentes en el café el día que el Colo nos contaba respecto del desafío. La pasión y ganas que le ponía, nos contagio como siempre, tanto que al día siguiente estábamos buscando cualquier tipo de información para saber hacia donde enfilar.

Los participantes de la salida fuimos:
Javier Pla (Delta 1) y Carlos Pastilla Correia (Hilux Limited Perlada)
Pablo Perez, Andres G. y Gustavo Fernandez (Gusti) (SW4 Perlada)

Partimos de Buenos Aires rumbo a Salta el sábado 23 de agosto temprano por la mañana. Acompañados por la escolta personal de Sergio Solari (integrante del grupo, que por razones laborales no pudo viajar) recorrimos el camino hasta Rafaela, en donde nos despedimos de él, para seguir nuestra ruta hacia Salta Capital.

Alrededor de las 21:30hs. nuestro nuevo amigo, el "Personaje" Gary Pekarek (alias Krusty o Gary Pimiento) de AlterNativa Salta http://www.alternativasalta.com.ar se juntaba con nosotros para cenar y concensuar las rutas y destinos elegidos para ir en búsqueda de los rastros dejados por los dinosaurios algunos millones de años atrás. Al mismo tiempo nos golpeaba también con un balde de agua fría, al contarnos que el geólogo Dr. Ricardo Alonso no podría acompañarnos como había prometido.

Unas cuantas botellas de cerveza más tarde (casi siete) y con el celular de Gary envuelto en llamas ya teníamos nuestro nuevo Experto en Huellas, el estudiante universitario Santiago Sánchez, quien estaba finalizando su tesis de la carrera de geología. Santiago nos asesoraría en la búsqueda de las huellas con toda la información y conocimiento que pudiera aportar. La partida hacia nuestro primer destino sería al día siguiente a las 09:00hs. Regresamos al hotel caminata por medio, para admirar la vista nocturna de la Catedral de Salta.

Pasamos a recoger a Gary por su casa y a Santiago a unas cuadras de allí y pusimos proa hacia el poblado de Alemania. Allí nos esperaba una larga caminata río arriba en dirección a la Quebrada del Hacheral.

Mochilas con botellas (esta vez de agua), cámaras de foto y GPS en mano, comenzamos la caminata por el lecho del río. El calor hacia pesada la trepada y el arenoso suelo complicaba aún mas el caminar, pero el ánimo de la tropa se mantenía en alto (el de algunos mas que el de otros). Casi dos horas mas tarde, encontramos ante nosotros una pared de roca inclinada casi a 45 grados sobre un costado del río. Sobre ella, Santiago señalaba unas seis o siete pisadas que atestiguaban que hace casi setenta millones de años atrás, rondaba por allí un dinosaurio.

Clarísimas a la vista de un geólogo, las mismas habían sido delineadas exteriormente con tiza para que pudiéramos identificarlas y fotografiarlas.

Se trataba de un animal carnívoro de entre tres y medio y cuatro metros de altura que caminaba erguido y que – para que se den una idea – debió ser parecido a los conocidos Velocirraptores de Jurassic Park. Su nombre científico era Avelisaurus, y se trataba de un Terópodo Bípedo, cuyas pisadas medían aproximadamente 44 cm de largo x 20 cm de ancho y una profundidad de casi 5 cm.

Realmente emocionados, descargamos toda nuestra alegría a través de los obturadores de las cámaras de fotos mientras Santiago nos explicaba de que manera una pared de piedra supo ser alguna vez una playa marina o quizás el lecho de un río. Una vez terminada la sesión de fotos, emprendimos el regreso un poco agotados pero muy contentos.

Decidimos tomarnos un recreo antes de subirnos nuevamente a la ruta, por lo que improvisamos un a rica picada justo al lado de una fresca acequia en la cual aprovechamos para calmar nuestros acalorados pies.
Las ansias de poner la baja y la doble fueron calmadas con una incursión por el río con las chatas, con oportunidad de prueba de la linga elastica incluída.

Desde Alemania, nos dirigimos entonces hacia Chicoana, para pasar la noche. Durante la cena, mientras repasábamos las fotos en la computadora, tomamos conciencia de lo afortunados que somos, ya que probablemente, no más de una veintena de personas haya conocido ese lugar. Al día siguiente nos esperaba otra aventura.

Nos levantamos tranquilos para desayunar y recorrer Chicoana, ya que sabíamos que la acción comenzaría recién al mediodía. Subimos a las camionetas alrededor de las 10:00hs y enfilamos hacia el dique Cabra Corral, donde todo el equipo de Norte Rafting http://www.norterafting.com nos esperaba para darnos un chapuzón en las frías aguas del río Juramento.

Rody Palacios y su gente merecen nuestro más sincero agradecimiento y reconocimiento por soportar a estos seis (cinco viajeros y un guía un poco alocado) personajes que rezongaban al tener que meter el remo en el agua o al salpicarse pasando por los rápidos.

Tras casi dos horas de descenso, la balsa se orillaba sobre la izquierda del río, dejándonos ver la impronta de otro animal que bastante tiempo atrás había caminado por allí.

Quizás no estábamos tan sorprendidos como el día anterior, debido a que estos seis “recién egresados” todavía estábamos mojándonos entre nosotros con los remos o tratando de arrojarnos unos a otros por la borda…

Después de estudiar y fotografiar las huellas, y también después de digerir la nueva sorpresa que produjo en nosotros este rastro del paso del tiempo -estas nuevas huellas estaban situadas sobre una pared frente a nosotros- giramos la cabeza para descubrir un paisaje por demás extraño.

Ante nosotros se extendía una vasta llanura sobre la que se entremezclaban verdes y ocres de plantas con rojos y grises de piedras. Hasta aquí, esta era una llanura más, como cualquier otra. Su “única” particularidad era que estaba inclinada a casi noventa grados respecto del horizonte y sólo inclinando la cabeza también, era posible imaginarse que esta montaña había sido alguna vez un “horizonte horizontal”.

Hasta aquí, el 66% del objetivo estaba cumplido, por lo que decidimos deshacernos de todo equipo electrónico a bordo y dedicarnos a relajarnos terminando la labor de arrojarnos fuera de la balsa unos a otros, Gary incluido. A bordo, solo quedó Pablito Pérez, quien inteligentemente había encintado el GPS a su cuerpo con silver tape, lo que lo salvó del refrescante chapuzón.

Terminamos el recorrido agradeciendo nuevamente la labor de la gente de Norte Rafting quienes hasta nos convidaron con café, para recuperar la temperatura corporal. Recomendamos a todo aquel que nunca tuvo oportunidad de bajar algún río de esta manera, que no dude en hacerlo, y si pueden, háganlo con Rody y compañía… no se van a arrepentir!

Abordamos nuevamente las camionetas para despedirnos del Dique Cabra Corral tomando la RP 68 hacia el sur. Durante las próximas horas, “navegaríamos” el hermosísimo Valle de Cafayate hasta llegar al poblado La Punilla, donde nuestro rumbo pasó a ser noroeste para tomar la RN 40 hasta Angastaco.

Hay veces en que la frase “Una foto dice más que mil palabras” se convierte en absoluta realidad. Lugares como La Garganta del Diablo o El Anfiteatro son algunos de ellos. Toda esta zona esta repleta de infinitos lugares más que cumplen esta misma premisa.

Ya en Angastaco, nos acomodamos dentro de las habitaciones de la hostería y durante una frugal cena regada con vino de la casa, comenzamos a imaginar como sería el duro recorrido del día siguiente.

Nuestro plan era simple: avanzaríamos por la quebrada del río Tonco hasta donde pudiéramos acceder con las camionetas dentro del valle. Desde allí, caminaríamos hasta la mina Don Otto, que suponíamos distante unos tres kilómetros desde el comienzo de este valle. Esta mina funcionó desde 1963 hasta 1983 produciendo la materia prima de la cual procesada debidamente se obtiene uranio enriquecido y otros minerales estratégicos. En la explotación participó Fabricaciones Militares y estuvo a cargo hasta su cierre la Comisión Nacional de Energía Atómica (C.N.E.A.).

En esta zona, esperábamos encontrar algún tipo de acceso a la tan mentada pared de huellas descubiertas por el Dr. Ricardo Alonso y publicadas por la National Geographic Society en 1991. Gary nos comentó cuan entusiasmado estaba respecto a la posibilidad de abrir este nuevo camino, ya que al igual que para el Dr. Ricardo Alonso, representaba una puerta de entrada al valle superior del río Tonco, uno de los sitios de mayor interés geológico de nuestro país. A la mañana siguiente tendríamos oportunidad de probar la validez de nuestra teoría.

Rosa, la señora encargada de la hostería de Angastaco, nos recibió cordialmente a las 06:45hs para desayunar con pan tostado, manteca, dulce y café para todos. La excitación y la ansiedad era visible en nuestros rostros, al tiempo que presurosamente abordábamos las camionetas lanzándonos en búsqueda del último objetivo de esta primera etapa del viaje.

Gary había comentado que los quince kilómetros de la RN 40 que nos separaban de la quebrada del río Tonco, eran un espectáculo para disfrutar a la luz del amanecer, y por supuesto no se equivocó. Lugares como Corte El Cañón o Corte de la Flecha, lucían magnificentes en un hermoso contraste claroscuro producido por la tenue luz del sol naciente.


Llegamos a la quebrada e ingresamos con rumbo norte surcando el lecho del río que se presentaba a veces arenoso y otras veces pedregoso, lo que dificultaba un poco nuestro transitar. En poco menos de veinte minutos, llegamos ya a la imponente boca de ingreso al valle de río Tonco por el cual avanzamos lentamente en primera o segunda de baja hasta donde se nos hizo imposible continuar.

Munidos de eslingas y sogas, equipo fotográfico, GPS, agua y linternas nos propusimos atravesar este imponente valle. Rodeados de rojizas paredes de inmensas proporciones, caminamos casi por dos horas sin dejar pasar un minuto para comentar sobre la infinita hermosura de esta obra maestra de la naturaleza que se lucía majestuosa frente a nosotros. La humilde creencia de ser unos de los pocos privilegiados en disfrutar alguna vez de este paisaje tan virgen acrecentaba aún más la especial sensación que se respiraba hasta por los poros.

Nuestras sonrisas continuaban dibujadas en nuestros rostros a pesar de los inmensamente difíciles obstáculos que debíamos sortear. Algunos de éstos, requirieron de diversos intentos y estrategias para ser dejados atrás. Piedras del tamaño de varios pisos de altura intentaban detener nuestro avance, casi caprichosamente dispuestas dentro de este hermoso escenario. Colgando, trepando o saltando, fuimos descubriendo cada vez mas esta complicada pero bellísima nueva senda, hasta que la Madre Naturaleza dijo basta a piedrazas, que se manifestaron en forma de un pequeño pero convincente derrumbe que terminó sobre la cabeza de Gusti y nos persuadió de regresar.

Todo el camino de vuelta sirvió para subrayar la belleza del lugar y cargar las pilas, diseñando una nueva estrategia para llegar a las huellas. Almorzamos al lado de las chatas y emprendimos el camino hacia el ingreso tradicional a través del Parque Nacional Los Cardones. Raudamente atravesamos Angastaco, Molinos, Seclantas y desde allí empalmamos la recta Tintin.
 
Cruzamos el parque y con buen ritmo nos adentramos por la ruta de acceso tradicional a la mina Don Otto. El camino se presentaba en sorprendente buen estado, lo que nos permitió estar golpeando la puerta de la casa del cuidador de las instalaciones de la mina, tan solo tres horas y ciento setenta kilómetros de ripio después de nuestro almuerzo.
Don Velásquez se mostraba un poco reticente para brindarnos información respecto de los sitios de huellas de nuestro interés (“Nooo... Acá huellas no hay…”, Velásquez dixit), hasta que finalmente accedió a indicarnos el camino de acceso a la entrada principal de la excavación.

Consultado por Gary, el Dr. Ricardo Alonso nos indicó que en ese lugar debíamos encontrar sin dificultad hasta seis pisadas de algún carnívoro del período cretácico superior. Lamentablemente nuestro experto en huellas ya no nos acompañaba por lo que nos resultó muy dificultoso precisar donde se encontraban y cuales de todas las ondulaciones de la superficie eran realmente pisadas de dinosaurio… que calentura!!!

¿Qué hacer entonces con casi una hora mas de sol disponible y sin la certeza de haber encontrado alguna de las huellas? Mientras decidíamos que curso de acción tomar, notamos con cierto alivio que el valle que intentábamos atravesar por la mañana y el punto máximo hasta el que llegamos a avanzar dentro de él, se encontraban a mas de seis kilómetros de distancia y casi setecientos metros de diferencia de altura. Hubiera sido imposible llegar a través del mencionado recorrido al lugar donde nos encontrábamos actualmente.

Decidimos entonces intentar llegar hasta el yacimiento Los Berthos, donde se encuentra otro conjunto de huellas –éstas, las mas famosas de todas, las que aparecieran en la nota de National Geographic Society-. Este punto se encontraba a unos 20 kilómetros de distancia ubicado sobre el cordón montañoso oeste del valle superior de río Tonco y demoramos más de treinta minutos en llegar.

Con el sol ya oculto detrás de las montañas, pusimos la baja y encaramos hacia la supuesta ubicación de las huellas, aunque al llegar allí, la falta de luz impedía todo intento de alcanzarlas en ese momento.
Con la vista fija en el piso y tomándonos el tiempo para decidir que hacer, pudimos identificar las pisadas de algún vehículo que había circulado por ahí mismo algunos días antes… Acaso Mauricio y sus compañeros de equipo estuvieron por aquí?

Gary nos explicó con mucha paciencia para no alterar nuestros ánimos que aún siendo de día hubiera sido imposible escalar la pared inferior que nos separaba de las huellas, ya que las escaleras de acceso habían sido retiradas por la C.N.E.A. unos años atrás.

Emprendimos la retirada del lugar, un poco resignados pero aun con la esperanza de que las fotos tomadas a las superficies donde debía haber huellas revelen ante los ojos de los especialistas la existencia de las mismas.

Llegamos a Cachi para cenar casi a las 23:00hs, una rica cazuela de cabrito que nos esperaba en el restaurante “El Aujero”. Brindamos por el fin de la odisea, por las amistades –nuevas y viejas- y por que sí, nomás…

Ya relajados por los brindis, comenzaron a surgir diversas teorías sobre los motivos por los cuales la existencia de las huellas en el lugar visitado está tan “celosamente” resguardada. ¿Por qué todos dicen no conocer las huellas?
¿Por qué han quitado las escaleras?
¿Por qué los caminos están en excelente estado si la mina hace veinte años que dejó de producir?
¿Por qué Sibarita es tan rica?
¿Por qué la gallinita dijo eureka?

Nos levantamos al día siguiente sabiendo que esos interrogantes no tendrían respuesta inmediata, pero con la satisfacción de la tarea cumplida y con muchas ganas de continuar recorriendo el impactante Noroeste Argentino.

Luego de visitar la Iglesia y el Museo Arqueológico de Cachi, regresamos a Salta Capital para dejar a Gary, nuestro guía y nuevo amigo.

Almorzamos aproximadamente a las 15:00hs todos juntos, donde algunos eligieron las comidas regionales y otros prefirieron la seguridad de un plato conocido proporcionado por... Mc Donald’s!!!
Después de unos cuantos abrazos, algunas cervezas y muchas de esas promesas que se hacen a los nuevos amigos, enfilamos hacia Tilcara para pasar la noche.

Luego de dejar a Gary en su casa, y de consultar respecto de las correctas instrucciones para procurar montarnos sobre la traza de la antigua RN9, partimos con destino Jujuy, más precisamente Purmamarca y Tilcara.
No más de una hora después de haber partido, decidimos detener nuestra marcha para disfrutar del paisaje, la fresca brisa y evitar también manchar el interior de las camionetas con el almuerzo de horas atrás. Evidentemente, un tiempo atrás los viajeros tenían más estómagos más fuertes o consumían grandes dosis de Dramamine!!! Retomamos nuestra marcha más lentamente y llegamos a Jujuy para empalmar la autopista de circunvalación y continuar ascendiendo hasta Purmamarca.

Un paseíto por la plaza del pintoresco pueblo y un sabroso café entre amigos estiraron el día hasta las 19:30hs, cuando decidimos enfilar hacia Tilcara para pasar la noche. Luego de encontrar alojamiento y de ponernos nuestras más elegantes ropas de gala, consultamos algunos chicos del hostel sobre un buen lugar para comer. El Colonial fue de lo más recomendado y por $ 8 cada uno pudimos disfrutar de la tradicional carne de llama con bebida y postre incluido, acompañados por la presencia de un perro que pasó toda la velada haciéndose amigo de Javier. Nos encontramos con la almohada pasadas las 24:00hs. Un ansiado día nos esperaba con la salida del sol…

Al despertar y asomar nuestras narices al exterior, notamos entre tristes y amargados que el sol no quería dejarse ver por esos lares al menos por esta mañana. Nubes muy bajas y temperaturas casi bajo cero no eran un buen preludio, no era el día que esperábamos, sin embargo Gusti y Andrés que ya habían andado por la zona, comentaban entre sí, la posibilidad de que “arriba” brillara el sol.

Mientras tanto el resto del grupo, practicaba “shopping compulsivo” nuevamente en la plaza de Purmamarca, todo esto mientras una gélida agua-nieve oscurecía aún más nuestros sentimientos.

Abordamos las chatas y encaramos la cuesta de Lipán (que por suerte se encuentra asfaltada en casi un 50%) envueltos en una densa neblina y seguidos de cerca por un frío que no daba tregua. Lamentamos perdernos el hermoso paisaje visible al incrementarse la altura pero muy grata fue nuestra sorpresa al acercarnos a los tres mil metros, altura en que las nubes comenzaron a disiparse dejándonos ver un cielo celeste profundo y límpido. Seguimos ascendiendo y aunque nos detuvimos en varias oportunidades para responder a ciertas necesidades fisiológicas, llegamos a la cima en poco más de una hora y media.

La emoción nos embargó a todos al divisar desde una curva la inmensidad de las Salinas Grandes, primera parada pensada para este día. Ingresamos con las camionetas sobre la infinita masa blanca y sin un rumbo preestablecido, dedicamos un par de horas a simplemente vivir el salar, cada uno a su manera.

Es difícil de explicar la mística y las sensaciones que se viven en un lugar de tamaña magnitud, deseos de estar absolutamente solos o plenamente acompañados conviven de la mano sin conflicto alguno. En este caso, las fotos hablan por si solas, aunque resulta una prueba difícil cumplir, el hacer que transmitan los sentimientos vividos.

Nuevamente en movimiento y sobre un ripio arenoso, transitamos los menos de cien kilómetros que nos separaban de nuestro almuerzo en San Antonio de Los Cobres. Resulta complicado brindar una descripción imparcial de este pueblo, ya que no cuenta con belleza estética alguna y sin embargo, es realmente fascinante. Absolutamente chato y gris, casi carente de vida, este pueblo es capaz de atrapar a cualquier viajante, probablemente debido a la cercanía con el Salar, o por ser la última parada para abordar el tan famoso Tren de las Nubes.

Como postre para un rico almuerzo en San Antonio de los Cobres, decidimos ir hasta el Viaducto de la Polvorilla y ante la ausencia de tránsito ferroviario, cruzar sobre él. Con la luz justa para un registro fotográfico ideal, dedicamos casi una hora a este rito, el cual fue súbitamente interrumpido por un ejercicio de reposición de un bulón de la barra estabilizadora en la camioneta de Pablo. Ante la falta de uno de repuesto, el ausente fue suplantado por un bulón extraído del Hi-Lift.

Y como todo postre debe tener su cereza, esta no se haría esperar. Al término de las fotos, encaramos hacia la Mina Concordia, yacimiento de Boro abandonado unos veinte años atrás. Paseamos por las instalaciones y hasta nos metimos dentro de los túneles, buscando algo y nada al mismo tiempo.

Nuestro jugueteo vespertino terminó con una sesión de orientación por GPS, en un intento de encontrar una salida que no fuera el camino tradicional desde la mina hasta San Antonio de Los Cobres. Llegamos al hotel justo para darnos una cálida ducha y sentarnos al lado del hogar a tomar unas copas de vino, mientras esperábamos nuestra cena.

El postre y un par de jarras más de vino, pasaron a mejor vida también a un lado del fuego, en compañía de la Laptop de Pablo, que oficiaba esta vez de equipo de audio, en vez de instrumento de navegación. Lentamente y uno tras otro, nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, recogimos nuestros termos, que habían quedado en poder del encargado del hotel para ser llenados con un extraño brebaje, conocido como “Te de la Puna”. Es curioso pensar siquiera, en porque el mencionado personaje apodaba a los termos “Misiles Patriot”. Más curioso es aún, pensar que los bebimos sin dudarlo mientras comenzábamos nuestro ascenso hacia el Abra del Acay.

Llegamos a los 4975 metros sin contratiempos, pero con casi todos los integrantes salvo Javier, haciendo uso de los tubos de oxigeno que oportunamente habíamos traído desde Buenos Aires. Y por lo visto, la falta de oxigeno no fue problema para Javier, quién continuó ascendiendo por la ladera de la montaña hasta que el GPS de Carlos rompiera la barrera de los 5000 metros. Otros mientras tanto, sacábamos fotos e intentábamos no congelarnos por las bajas temperaturas y el fuertísimo viento.
 
Comenzó nuestro descenso con un poco de atraso, y la marcha se tornó definitivamente lenta debido a que el estado del camino así lo exigía. Igualmente, la belleza del paisaje distraía de tal manera que hubiera sido un pecado circular aunque sea dos kilómetros por hora más rápido.

Promediando la bajada, una curiosa y atrevida Llama se plantó delante nuestro, como demandando algún tipo de peaje por el uso del camino, introduciendo casi todo su cuello por la ventanilla del en ese momento copiloto Pablo. Fotos por doquier, y algunas carcajadas y ya estábamos en movimiento otra vez, en dirección a La Poma, para visitar la caverna con el río subterráneo, conocida como Puente del Diablo.

Muy gracioso se tornó el mediodía, cuando Carlos, afectado quizás por el apunamiento sufrido en el abra, comenzó a hacer chistes en relación a la supuesta inmortalidad de los habitantes del antiguo pueblo de La Poma, destruido durante un terremoto en 1930. Su juego continuó a través de la radio por unos cuantos minutos, manteniendo la atención de todos, incluso combinando supuestas apariciones fantasmagólicas que relataba con total entusiasmo. El juego por él iniciando nos mejoraría el humor lo suficiente para soportar los próximos 200 kilómetros del peor serrucho de la ruta 40.

Nos detuvimos en Cachi para comprar unas empanadas y repostar combustible, cargando el suficiente para llegar hasta el próximo punto de detención en nuestra ruta del día viernes, las Ruinas de la civilización Quilmes, en el norte de la provincia de Tucumán.

El descenso por el hermoso paisaje de los Valles Calchaquíes fue por demás divertido, e incluyó unos 100 kilómetros de disertación sobre la clásica pregunta: “¿En el ripio, Doble o Simple?” Los ejemplos prácticos estuvieron a cargo de Gusti, derrapes controlados en tracción simple incluídos.

Llegando a San Carlos pensamos en parar a comprar pegamento “Corega Tabs”, ante la posibilidad de perder algunas piezas de nuestras dentaduras, debido al pesadísimo ripio. Por suerte, desde allí en adelante, la ruta 40 es de asfalto. Atravesamos Cafayate y al llegar a Ruinas de Quilmes nos dirigimos al sitio arqueológico para dar una recorrida por la zona. Lamentablemente no fue posible tomar ni siquiera un café, ya que el comedor y la cafetería no están abiertos fuera de temporada.

Estábamos a solamente 80 kilómetros de Tafí del Valle, donde pensábamos pasar la última noche de travesía. Un faldeo de asfalto tranquilo nos esperaba por delante, pero una espesa neblina cortó en seco nuestro ritmo, que bajó de 70 kilómetros por hora a unos míseros veinte, ya que no podía verse siquiera las líneas de demarcación de la ruta.

La colaboración del grupo fue vital para atravesar este obstáculo sin problemas. Algunos ponían toda su atención en la ruta, ya fuera con la vista o con el track del GPS, mientras otros hacían todo lo posible para entorpecer el ritmo de marcha, sacando fotos con flash y jugando con una linterna. Esos últimos 15 kilómetros fueron los más difíciles de todo el viaje.

El cansancio del extenso día se reflejó en la casi ausente sobremesa de la cena de despedida, y en la temprana hora en que nos fuimos a dormir. Los casi 1300 kilómetros del regreso a Buenos Aires dieron lugar a charlas, chistes y hasta tiempo suficiente para redactar este relato en la laptop, terminado entre Casilda y Rosario, sobre la ruta 92.

TOYOTA ADVENTURE TEAM

Andrés Gutovnik (Piñon Fijo)
Pablo Perez (Cabeza de Huevo)
Javier Pla (Delta 1)
Gusti Fernandez (La Estrella)
Carlos Correia (Pastilla)
Dante Garavaglia

Gracias a TAT4x4.com.ar
Enero 2008
























































































 



 
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