TRAVESÍA CERRO ASPERO - ARGENTINA

Luego de la evolución de motor y caja de velocidades, mi Trotamundos (Jeep IKA de 1968) solo había sido probado en ruta, en un viaje a Azul, Provincia de Buenos Aires. Unos 800 km. entre ida y vuelta, en los que se comportó perfectamente. Solucionado un problema de cardan delantero (que golpeó contra el puente que refuerza las patas del nuevo motor) estaba listo para la prueba offroad.

Así es que propuse a unos amigos y organizamos, un viaje a las sierras de la Provincia de Córdoba, a unos 700 km. de Buenos Aires y partimos el 18 de Julio. Dos Jeep desde Buenos Aires (Don Amarillo, de mi amigo Ricardo García alias Cary, quien viajaba acompañado de su hijo Nahuel, de 10 años de edad) y el Trotamundos (con Alfredo Pelegrina de navegante, Florencio Gamallo de acompañante y yo de capitán) (nuestros Jeep tienen nombres al igual que nuestros amigos y mascotas). Diego Gastaminza y su novia Luján partirían desde Bahía Blanca y Roberto Troitiño y su familia (Marta, su esposa y sus hijos Victoria y Matías) lo harían desde Azul.

Nos encontraríamos en Rio IV para seguir juntos hasta el campo de nuestro amigo Luis Perez, en la localidad de La Cruz (Córdoba), quien nos esperaba para un asado de cena y recepción. A su vez, Horacio Dalaison llegaría desde la Ciudad de Córdoba junto con Guido Filippi quien había viajado desde buenos aires unos días antes con su familia y había averiado su caja de transferencia en el viaje. Esta fue reparada en Córdoba.

Llegando a Rio IV recibí en mi celular un llamado de Diego, que creía haber roto su motor a 200 km de allí y esperaba al auxilio mecánico. Llamé a Roberto y estaba a algunas horas, habiendo partido después de mediodía desde Azul. Decidimos seguir hasta La Cruz (a 120 Km de Rio IV) y acordé con Diego y Roberto que regresaría a Rio IV después de las 22 hs a buscarlos. Arribados a La Cruz, luego de lo saludos, comenzamos a preparar la carpa para la cena y el fuego para el asado. Acto seguido, con Luis Perez pusimos proa a Rio IV en su coche, ya que no quiso dejarme ir en el Trotamundos.

A las 23 hs. llegó el remolque del Automóvil Club, con el Parrandero (Jeep de Diego) y sus tripulantes a bordo. Constatado que el motor estaba bien y solo había calentado un poco por un reparo de aire que Diego improvisó pensando que la temperatura del motor venía muy baja, lo pusimos en marcha y partimos en caravana, el Parrandero delante, Eugene (el Jeep de Roberto) y nosotros cerrando la marcha.

Llegamos luego de la 1 de la mañana, comimos algo de carne fría y a dormir.
Al día siguiente llegaron dos amigos de Horacio en un Suzuki y emprendimos marcha en caravana, todos juntos rumbo al Cerro Aspero, bromeando y charlando por la radio. El clima estuvo fantástico, soleado y templado pese a que estábamos en pleno invierno.

A poco de andar, Eugene sufrió la rotura de la hoja maestra de la ballesta posterior derecha y una cruceta (u-joint) del cardan trasero que se partió al desplazarse el eje. Luego de repararlo durante unas 2 horas, continuamos la marcha. Dejamos al Parrandero en un puesto en el camino (el Parrandero es un Jeep de tracción simple y no posee caja reductora) habiendo cumplido gracias a su piloto más que satisfactoriamente con un trecho de huella nada fácil para un vehículo de sus características; y continuamos por la parte difícil de la travesía sólo con Jeep de doble tracción.

La jornada nos deparó algunas sorpresas: trepadas complicadas con piedras grandes y sueltas que se desmoronaban, bajadas muy pronunciadas, vadeos, etc. y unos paisajes muy lindos a lo largo de todo el camino.

Cerca ya del Cerro Aspero, una abrupta bajada, un vadeo y un pequeño pinar. Desde ahí había que rodear el pinar y trepar pisando piedras sueltas, raíces que asomaban del suelo, y esquivando grandes piedras y pisando otras a la menor velocidad posible pero cuidando al mismo tiempo que el régimen del motor no cayera por demás porque hace falta torque para llegar arriba. Lo mejor del camino. Arribamos, luego de varias horas de marcha, cerca e las 18 hs. al Pueblo Escondido, un antiguo campamento minero de una mina de tungsteno abandonada que hace muchas décadas explotara una compañía inglesa.

Sus hermosas instalaciones (en parte en ruinas) están siendo recuperadas por Carlos Serra y su esposa, nuevos propietarios, quienes dan servicio de hospedaje a un precio más que económico y con una atención que merece la pena ser destacada. Ellos preparan cerveza artesanal, con la que nos deleitamos en el patio con una vista preciosa mientras disfrutábamos de una hora de amena charla y los chistes de Luis Pérez que hacen difícil parar de reír.

El clima nos regalaba una noche de temperatura primaveral en pleno invierno. Luego, una exquisita cena regada de vino tinto, consistente en empanadas criollas y aceitunas negras tipo griegas preparadas por los anfitriones como entrada y de plato principal pollo al disco (se cocina en un recipiente confeccionado con un disco de arado al que se suelda un borde y patas y se le sella el orificio central) acompañado con arroz a la portuguesa. De postre, panqueques con dulce de leche. Todo delicioso.

Cansados por tanto viaje y sacudidas, al final de la imperdible charla de sobremesa nos distribuimos en algunas habitaciones para dormir. Las parejas en habitaciones contiguas al comedor, en el cuerpo principal de la hostería. Los hombres solos, todos a una gran pieza muy particular. Todo a lo largo, de pared a pared hay una cama fabricada dentro a medida, con nueve colchones, uno junto a otro. Y en el centro cuatro columnas de madera y una plataforma sobre la cama baja, con tres colchones más. Un dormitorio comunitario.

Al día siguiente, desayuno, charla, preparativos para el regreso y Horacio con su Jeep largo, y dos amigos cordobeses en un Suzuki parten hacia arriba por la subida de los caracoles. Roberto, Cary y Guido emprenden el regreso por el mismo camino por el que habíamos llegado. Más adelante nos desviaríamos hacia Merlo en la Provincia de San Luis, por un camino bastante divertido también, con varias trepadas y algunos pequeños vadeos. Con Luján, Diego y mi navegante nos quedamos un rato más viendo trepar a los dos intrépidos por ese difícil camino y quince minutos después decidimos seguir al grupo por si teníamos algún desperfecto en el camino y debíamos perder tiempo en solucionarlo.

Poco más adelante encontramos a Guido que en plena trepada había errado la huella y su Jeep quedó apoyado sobre un tanque de GNC (lleva dos bajo el piso a ambos lados del cardan trasero), cruzado y con la boca del tubo de escape apoyando contra una pared de piedra, con lo que su motor se detuvo. Pasamos por su derecha y desde una posición no muy cómoda, en subida con el Trotamundos inclinado y pisando tierra y piedras sueltas, atamos la slinga e intentamos sacarlo.

Al tirar, su Jeep se enderezó girando sobre la piedra en que estaba apoyado y pudo encender el motor. Ya con ambos traccionando lo volvimos a la huella. Poco más arriba Guido notaba algo extraño en la suspensión. Revisamos y con sorpresa vimos que las gemelas de las ballestas delanteras, que van en el extremo delantero de éstas, habían girado hacia atrás, quedando los extremos de ambas ballestas apoyados contra el soporte de gemelas de los largueros del chasis y las ballestas curvadas y fijas. Con el extremo de una llave cruz y una barreta las volvimos a su posición original. Pero pocos metros más adelante una de las gemelas se partió debido a los golpes que había sufrido.

Horacio nos informa por el radio que en su Jeep tiene gemelas de repuesto, pero estaba mucho más atrás y en su camino había un Jeep al que en un golpe contra una gran piedra se le había roto el buje de extremo de dirección de la rueda izquierda. No podía pasar y estaba soldando para reparar ese desperfecto (suelda colocando dos o tres baterías en serie y conectando los cables de pinzas de soldadora a los bornes de las baterías de los extremos. Todo un trabajo artesanal).

Decidimos que para ganar tiempo lo mejor sería que yo llevara a Diego hasta el puesto donde había quedado su Jeep. El se reuniría con Cary y Roberto en el punto desde donde nos desviaríamos hacia Merlo y yo regresaría a buscar la refacción. Pero cuando estábamos llegando a donde estaba Horacio, Florencio (que había ido con Horacio en su Jeep) nos informa por el radio que ya estaban en movimiento nuevamente y mientras lo escuchamos los vemos aparecer cerca nuestro. Vuelta al punto de reunión, reemplazo de gemelas mientras con Diego reparábamos el brazo de comando de la mariposa de su carburador, y ha llegado la hora de despedirnos de nuestros amigos cordobeses. Ellos toman el camino de regreso a La Cruz. Nosotros el de Merlo.

En la cumbre de los cerros Comechingones, límite interprovincial entre Córdoba y San Luis, nos sorprende un gélido y fuerte viento. Paramos a tomar algunas fotos y al bajarnos de los vehículos las manos dolían del frío y el viento nos movía. Desde ahí hay camino asfaltado hasta Merlo. La bajada es muy pronunciada y larga. Cuando llegamos abajo escuchamos a Roberto por el radio, que tenía problemas. Venía frenando y el sistema se fatigó y recalentó, quedando sin frenos. Se había salido de la ruta en una curva pronunciada y logró frenar el Jeep parándose sobre el pedal de freno a un metro y medio escaso de la caída. Pasado el susto y enfriados los frenos retomamos la marcha. Llegamos a Merlo, cargamos combustibles, mi navegante sacó pasaje a Buenos Aires en la terminal de ómnibus, nos reunimos en una estación de servicio y Guido se despidió, partiendo hacia San Javier a reunirse con su esposa e hija.

Frente a la plaza de Merlo compartimos una sabrosa picada con cerveza mientras hacíamos tiempo para llevar a Alfredo Pelegrina (Obelix) a tomar su ómnibus que partía a las 21 hs. Luego de dejarlo en la terminal, retomamos la ruta, esta vez hacia Villa Dolores (Córdoba). Llegamos muy cansados, nos hospedamos en un hotel y salimos a comer algo a un restaurante mientras comentábamos el viaje, bromeábamos y planificábamos nuevas travesías futuras.

A dormir y al día siguiente, lunes, a las 9 hs. me despedí de mis amigos que iban a hacer reparar la ballesta dañada de Roberto para seguir viaje por las sierras de Córdoba y me dirigí a San Juan, a unos 500 km, donde me esperaban mi esposa (María Elena) y mis tres hijos (María Agustina, Gonzalo y Lisandro). Fue un viaje rápido, tranquilo y sin ningún inconveniente. A mediodía almorzaba con mi familia.

Pero el Trotamundos no quería quedarse quieto. Y decidimos tomar un par de días con mi esposa por la Cordillera de los Andes, así que partimos el siguiente Jueves rumbo a Iglesia, Departamento sito en el noroeste de la Provincia de San Juan. Viajamos muy bien, 200 Km con una cuesta en medio, por la que se sube hasta los 2759 m sobre el nivel del mar (el Alto del Colorado) y unos paisajes de montaña muy bonitos. Llegamos a las 19 hs. aproximadamente al Hotel Termas de Pismanta y nos encontramos con la sorpresa de que no habían habitaciones disponibles. Rumbo a Rodeo (a unos 20 Km) y a alquilar un departamento con cochera cubierta (el frío era memorable y no quería sufrir roturas de motor por congelamiento de agua o gas oil). Para alegría nuestra las instalaciones eran nuevas y muy confortables, con calefacción adecuada. Compramos una pizza y un sándwich de lomo en una confitería cercana (excelente comida y muy barata) y un par de cervezas para acompañar la comida, y cenamos y descansamos en debida forma.

Al día siguiente desayunamos a las 11,45 (si íbamos a descansar lo haríamos bien) en un bonito restaurante-confitería de Rodeo. Su propietario era quien preparaba todo y atendía y tenía en exposición varios productos regionales a la venta. Pregunté por una botella con una pequeña etiqueta casera y resultó ser un cognac que él prepara, con catorce años de añejamiento y macerado en café y almíbar. Nos hizo probar una copita de esa exquisitez y por supuesto compramos una botella, que espera el momento adecuado y especial de ser descorchada.

Al final del desayuno, en un hermoso día soleado en que el viento había cesado y la temperatura ya era agradable, dimos un paseo por la finca “El Martillo”, un establecimiento muy prolijo, especialmente organizado para atención al turismo, que posee criadero de truchas, restaurante de campo (en el que sirven, entre otras cosas, cordero y trucha a la parrilla), un corral con guanacos y llamas, plantaciones de especias y un salón de exhibición de productos regionales donde se pueden apreciar unos excelentes tejidos de telar (ponchos, frazadas, alfombras, jergones) en lana de oveja o llama.

De regreso pasamos a saludar a Don Tino Ramos, un mecánico de Rodeo que hace unos años reparó el Jeep Willys de mi amigo Carlos Gerbaudo y ambos entablaron amistad. Carlos me había pedido varias veces que si pasaba por Rodeo saludara de su parte a Don Tino y le dijera que todas sus reparaciones habían sido efectivas y no había vuelto a tener los mismos problemas en el resto de su viaje hasta los Estados Unidos (el Willys llegó andando hasta allá). Don Tino es feliz poseedor de dos viejos Jeep IKA y nos quedamos charlando un buen rato. Cuando mencioné mi intención de ir a visitar el Parque Nacional y Reserva de la Biosfera de “San Guillermo” en el mes de Septiembre, casi gritó, entusiasmado: Yo voy!!! Así es que al regreso comencé a planear la próxima fantástica travesía (pero esa es otra historia que será contada a su tiempo).

Al regreso de Rodeo a San Juan el camino estaba nublado, había mucho viento y durante unos treinta kilómetros viajamos en medio de una hermosa nevada. En el Alto del Colorado la nieve y el hielo ya se habían extendido sobre el pavimento, así que por precaución bajamos en doble tracción y bastante despacio.

Bueno, el resto fue el regreso de San Juan a Buenos Aires, 1.200 km, toda la familia y equipaje sobre el pequeño y viejo Jeep IKA, pero viajamos muy bien. El viaje duró 14 horas al cabo de las cuales caí rendido a las 5 de la madrugada, sobre mi cama. La ducha podía esperar unas horas más.


Alfredo A. Córdoba - Colaorador experto de KWANG 4X4.
Julio 2003.


































































 
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