Participantes:
Ricardo García (Cary) y Alfredo Córdoba en Jeep IKA Ford 3.0 amarillo
Rómulo Giuggia en Jeep Wrangler rojo
Daniel Marchetti y Richard en Jeep IKA Ford 221 3.6 azul.
Trayecto:
Buenos Aires – Corona del Inca – Buenos Aires
Aproximadamente 3400 Km
El día miércoles 19 de marzo partimos con Cary en su Jeep con rumbo a la Provincia de La Rioja.
Los demás integrantes de la travesía lo harían al día siguiente.
El viaje se inició sin inconvenientes de importancia y luego de reemplazar en Cañada de Gómez (Prov. de Córdoba) el depósito auxiliar de agua del circuito de refrigeración del motor que se había averiado, arribamos a última hora de la tarde a Villa María, ciudad por la que dimos un largo paseo a pie, cenamos y nos alojamos en un hotel a pasar la noche.
A las 7 hs. del jueves reiniciamos el viaje, cubriendo el trayecto hasta Cruz del Eje (noroeste de la Provincia) consumiendo solo GNC. A partir de Cruz del Eje el resto del camino sería a nafta y los precios de ésta se irían elevando hasta los $ 2 por litro de nafta común en Vinchina.
Luego de pasar Patquía donde cambiamos de ruta y de dirección tuvimos el primer problema de temperatura en horas del mediodía subiendo y con viento de cola. Por ventura lo advertimos antes de sobrecalentar el motor y éste no sufrió ningún daño. Otra suerte tendría Daniel (Chief) quien aproximadamente en el mismo lugar, horas más tarde, sí recalentaría su motor cuya junta de tapa de cilindros se quemó y debieron reemplazarla en un taller mecánico de Chamical. Al reiniciar el viaje al día siguiente la junta de tapa de válvulas había quedado mal y perdía 1 litro de aceite cada 100 km. Todo esto los retrasó.
Nosotros arribamos algo retrasados a Vinchina a última hora de la tarde del Jueves 20. Para evitar más recalentamientos del motor avanzamos los últimos 300 km entre 70 y 80 Km/h y en Villa Unión hicimos revisar el motor en un taller mecánico del que partimos ya más tranquilos.
En Vinchina nos alojamos en el Hotel Corona del Inca donde nos dieron una habitación impecable y muy cómoda, con TV y control remoto, previa negociación de la “tarifa para gente pobre” como nos presenté ante la recepcionista. Nos cobraron $ 12 a cada uno con toallas (sin toallas el precio era de $ 10 por persona).
Después del obligado baño post viaje, rumbeamos al pueblo a llamar por teléfono desde un locutorio y comer unos buenos sandwich de lomo completo acompañados de una reparadora cerveza helada.
De vuelta en el hotel esperamos inútilmente el arribo de los demás viajeros. Los planes se frustraban, ya que debíamos partir en horas de la madrugada para poder llegar en buen horario a Corona del Inca, buscar la altura y luego iniciar el viaje hacia la Reserva de San Guillermo en la Provincia de San Juan.
A las 9,30 hs. del día siguiente, viernes 21 de marzo, seguíamos sin noticias de los restantes miembros de la partida y ya convencidos de que no llegarían decidimos subir solos hasta Laguna Brava, a la que se llega por camino normal y no había grandes riesgos de roturas al menos de elementos de la transmisión. Hacia allí partimos, pero unos minutos después escuchamos estática en la base de VHF y poco después las voces de Chief y Rómulo que estaban a unos 50 Km de Vinchina, llegando desde Villa Unión. Decidimos regresar y organizar algo en Vinchina.
Chief llegaba despacio y regando aceite. Reemplazó la junta de tapa de válvulas, repuso aceite, ambos Jeep repostaron combustible e inmediatamente (ya más de las 10 hs.) partimos hacia arriba. Pero los problemas no habían terminado. Poco después de iniciado el ascenso un neumático del Jeep de Chief fue tajeado por una piedra. No pudo ser reparado y decidieron regresar a Vinchina a arreglar la rotura en una gomería mientras nosotros esperábamos en el camino.
Al reiniciar el viaje, en subida pronunciada y con viento de cola, los IKA calentaban y en numerosas oportunidades debimos parar y dar la vuelta para quedar de frente al viento a efectos de regularizar la temperatura de los motores. Muy retrasados, debimos pernoctar en el refugio de “El Peñón”, a 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar, lugar en que nos recibió una tropa de guanacos que tranquilamente pastaba cerca del camino y que no se intimidaron por la llegada de los vehículos y sus ocupantes.
Durante la noche se presentaron los primeros síntomas de apunamiento o mal de altura, dolores de cabeza y mareos que sumados al constante trajín de un ratón que merodeaba entre nosotros buscando comida rozando mi cabeza muchas veces al pasar entre la pared y mi bolsa de dormir, dieron como resultado una mala noche en vela. Por la madrugada nos levantamos y comenzaron los vómitos, que al igual que los mareos y jaquecas, no cesarían hasta el regreso, por debajo de los 3.500 metros de altura.
Iniciamos sin luz de día nuestra subida por camino hasta Laguna Brava. A mis problemas de salud se sumó la falta de respuesta de frenos y embrague de nuestro Jeep (no sé porqué motivo la altura o la baja presión atmosférica parecieron afectar el funcionamiento de los circuitos hidráulicos). Los motores comenzaron a perder rendimiento por la falta de oxígeno y con la salida del sol, al subir la temperatura ambiente, comenzaron a recalentar nuevamente lo que motivó nuevas y esporádicas detenciones.
Pasando Laguna Brava y llegando al cerro Veladero nos apartaríamos del camino para internarnos en la Pampa del Veladero con rumbo al cerro Bonete Chico y a la laguna del Inca Pillo o Corona del Inca. Este tramo exigiría más a nuestros físicos y vehículos, ya que hay que atravesar un largo arenal (arenas volcánicas) y tramos muy irregulares con grandes rocas y desniveles. En varias oportunidades hubo que utilizar la primera baja (o corta) y se avanzaba a marcha muy lenta, sacudiéndonos todo el tiempo.
Cerca ya de la laguna del Inca Pillo hay que pasar por un sitio donde la ladera de la montaña (muy cerca de la cual se transita) ha sido socavada por las aguas que bajan de los cerros cuando llueve o con el deshielo de las nieves y donde en ocasiones se producen desprendimientos y desmoronamientos. Por tratarse de un pasillo entre dos cerros es un lugar peligroso porque los ruidos producen ecos y las vibraciones pueden ocasionar estos desmoronamientos. Pasamos por allí sin problemas.
Poco antes de llegar a la laguna del Inca Pillo encontramos huellas que se dirigían a la ladera del Bonete Chico, por las que –dedujimos- se habrían internado vehículos en busca de la ansiada altura. Rómulo y Chief intentaron cruzar un gran cañadón que nos separaba de la ladera a fin de intentar la trepada. Pero la subida al otro lado era por suelos arenosos y muy sueltos, por lo que resolvieron regresar sin maltratar innecesariamente los vehículos, para buscar un paso más adelante.
Entonces nos dirigimos ya directamente a la laguna del Inca Pillo, fantástico paisaje donde tomamos algunas fotografías y disfrutamos del silencio y de la vista al tiempo que yo intentaba recuperarme y adaptarme a la altura habiéndose detenido las sacudidas del camino. Ya hacía un tiempo venía aspirando de a ratos, oxígeno del tubo que llevábamos, lo que me brindaba cortos lapsos de alivio. Camino de regreso miraba esporádicamente el GPS, y recuerdo que la altura máxima que vi allí registrada fué de 5.545 metros. Tal vez estuvimos más alto que eso, pero en todo caso no mucho. Y para mí ese día, fue suficiente altura.
Luego de este descanso Rómulo y Chief se dirigieron hacia el Este directamente a una ladera del Bonete Chico, donde comenzaron a batallar intentando coronar la cumbre, mientras que Cary resolvió (pese a mi insistencia en continuar y no abandonar por mi malestar que ya pasaría) esperar un poco. Poco rato después, ya no muy lúcido, lo escuché modular por la base de VHF: -Nosotros bajamos. Alfredo no está bien.
A partir de ese momento mis recuerdos son espaciados. En numerosas ocasiones Cary debió bajar del Jeep para reponer agua al radiador y recuerdo haber bajado en la primera de esas oportunidades, en que no pude ayudarle y me costó mucho subir nuevamente al Jeep con un mareo atroz y un fuerte dolor de cabeza. La manguera de oxígeno se desprendía de la válvula del tubo con las constantes sacudidas y ya no me quedaron fuerzas para girar el cuerpo y reconectarla. No volví a bajar. De a ratos dormité (o me desvanecí, no lo sé con certeza). Creo que no dije palabra en todo el camino de bajada y en un momento, cuando pasábamos junto a Laguna Brava escuché a Cary que me llamaba con tono alarmado.
Cuando le respondí me dijo que llevaba ya rato llamándome sin obtener respuesta y se había preocupado mucho. En ese momento comenzaba una breve nevisca de la que disfrutamos porque no amenazaba ser una nevada importante, se trataba de una nube aislada. Pudimos apreciar el hermoso paisaje de Laguna Brava ya de día, el Cerro Veladero y todas las fantásticas postales que ese rincón de nuestra tierra tiene escondidas para los viajeros que estén dispuestos a llegar tan lejos para verlas. Ya mi estado había mejorado mucho debido al descenso y seguiría recuperándome a medida que avanzábamos.
Mientras bajábamos escuchamos en un par de ocasiones a Rómulo y Chief, y nos enteramos de que habían llegado a 5980 metros y 5870. Las condiciones de la ladera no permitían subir más que eso sin la ayuda de malacates (winch). Y ya no había tiempo para intentarlo en otro lugar.
Pensé que con la incipiente mejoría podríamos intentar nuestra segunda etapa: San Guillermo, pero Cary con mucha prudencia evaluó las circunstancias que jugaban en nuestra contra (mi estado, el alto consumo de combustible que habíamos tenido y probablemente no nos permitiría llegar a repostar en San Juan, las posibilidades de averías y el gran retraso de tiempo que llevábamos) y decidió poner fin a la aventura.
Al regreso, una confusa mezcla de sentimientos: de un lado el alivio del reparador descanso que pronto llegaría, la alimentación luego de 18 hs. con el estómago vacío y un necesario baño (traíamos tierra por todos lados), por otro lado la frustración de haber sido el principal obstáculo para mi compañero a la hora de intentar el récord de altura y la vuelta por San Guillermo. El agradecimiento a Cary por haber resuelto dejar de lado los objetivos por su preocupación por mi salud. El cansancio, la sed y el hambre. Sólo comencé a disfrutar de lo vivido cuando pasadas algunas horas ya eran recuerdos de los preciosos lugares por los que pasamos, la destreza de los Jeep y sus eximios conductores y los buenos momentos compartidos.
Tampoco Rómulo ni Chief pudieron llegar a San Guillermo y también ellos debieron regresar el viernes, porque el combustible se acababa y no habían encontrado el camino entre los cerros. Es una asignatura pendiente que seguramente algún día realizarán.
Quedaba por delante el largo regreso atravesando La Rioja, Córdoba, parte de Santa Fe y de la Provincia de Buenos Aires, charlando sobre lo vivido, lo que hicimos mal, lo que hicimos bien, lo que sirvió y lo que faltó. Con el cansancio encima y con ese “gusto a poco” que surgía de comparar los objetivos fijados con los resultados obtenidos. Pero hoy ya puedo decir que para mi el saldo fue muy positivo.
Al día siguiente resolvería no volver a Corona del Inca. Dos apunamientos (el primero había sido en Famatina unos años antes, también en la Provincia de La Rioja) eran suficientes para entender que toda esa belleza no se puede disfrutar cuando se sufre del mal de altura. Tampoco la búsqueda de un récord de altura me motivaba demasiado, suelo anteponer el disfrute de la buena compañía, reuniones, charlas, comidas a la búsqueda de lauros deportivos o de cualquier tipo. De a poco, con el paso de los días la firmeza de esa resolución ha ido cediendo y hoy no estoy tan seguro al respecto.
¿Quién sabe? Tal vez algún día regrese y con un poco de suerte y una mejor preparación pueda disfrutar de la emoción de estar en “Los Techos de América” sano y feliz, en compañía de buenos amigos, escuchando el inmenso silencio que allí reina y me invita a meditar sobre las cosas que de verdad valen en la vida.
Salud.
Alfredo A. Córdoba - Colaborador experto de KWANG 4X4.
Marzo 2003 .