TRAVESÍA NORESTE DE SAN JUAN - ARGENTINA

Participantes:
Ricardo García (Cary) y David Urbieta en El Amarillo  (Jeep IKA Ford);
Carolina Arnedo, Pablo Arnedo y Roberto Troitiño en La Estanca (Estanciera IKA Ford);
Luis Dionisio Escujuri y Mauro Albide en La 112 (Jeep IKA Peugeot D)
Luis Botta (turnando acompañantes) en La Mitsu (Mitsubishi L200)
Gerlando Güeli y Alfredo Córdoba en El Trotamundos (Jeep IKA Peugeot D).

Hoja de ruta:
P
artida el 3 de abril, Amarillo y La Mitsu desde Buenos Aires, La 112 y La Estanca desde Azul (Pcia. de Buenos Aires) y El Trotamundos desde Exaltación de la Cruz (Pcia. de Buenos Aires). Arribo a Iglesia, 4 de abril 3 a.m.
Iglesia – El Chinguillo: 5 de abril.
El Chinguillo – Vado de La Estanca: 6 de abril.
El Chinguillo – Iglesia:  9 de abril.
Partida de regreso: 10 de abril
Kms. aproximados recorridos: 3.250  

 
Relato:
 
El domingo 11 de abril regresé de la travesía más dura en que he estado. Fue fantástica y agobiante a la vez. Fuimos un grupo de 10 amigos a quienes la ventura y la desventura unieron como jamás pensamos que podíamos estarlo. Intentamos llegar al Parque Nacional San Guillermo, al noroeste de la Provincia de San Juan, nuevamente por el sur (el primer intento fue en septiembre de 2003), cruzando en reiteradas ocasiones el legendario Río Blanco.
 
Luego de 1500 km de ruta en nuestros IKA (solo había una Mitsubishi L200 entre 3 Jeep IKA y una Estanciera), dejamos la ruta después de la población de Maliman, para -haciendo caso omiso de las advertencias de Gendarmería y cuanto humano encontrábamos al paso- zambullirnos en el primer vado del Blanco. Los moradores del lugar donde el río se nos interponía, cerca de “La Chigua” nos dijeron: -por aquí no se puede, tienen que volver 5 km y pasar por el otro vado. Pero al Chinguillo no van a llegar, anteayer el río volcó una
camioneta. No se puede.

Ese "no se puede" fue suficiente. Bajamos la pala que llevaba en el Jeep, con ella desmoronamos el filo del escalón que había que bajar (unos 80 cm) para entrar al río, y el Trotamundos encabezó la caravana, vadeando un poco y flotando otro poco, el correntoso y profundo Blanco. Los demás nos siguieron mientras los asombrados vecinos nos fotografiaban.

Tres vados más nos separaban de El Chinguillo, una preciosa estancia, último bastión humano antes de San Guillermo. En el segundo, a poco estuvimos de volcar dentro del río, cuando ya intentando escalar la orilla opuesta topamos con una gran piedra sumergida y la barra de dirección se montó en ella. El Jeep no avanzaba ni retrocedía, pero estaba muy inclinado y el agua entraba por mi puerta. Los efectos sueltos flotaban entre nuestras piernas y las palancas de mandos. Al fin pude desencajar el Jeep con la marcha atrás, girando la dirección hacia la izquierda, de cola al centro de la corriente, y luego subir en primera baja. Cary, segundo en la fila, intentó por otro lado, pero el río lo arrastró y subió por donde pudo, con algo más de suerte pero también más susto que yo. Los demás, sin problemas.

Llegados al Chinguillo, Don Juan Solar y su familia  nos atendieron muy bien, nos dieron un tardío almuerzo a las 16 hs., a base de tomates y huevos fritos acompañados de vino tinto, y luego de enderezar la barra de dirección del Trotamundos emprendimos nuevamente el viaje.
Luis Botta decidió dejar la L200 en El Chinguillo. No tenía snorkel y no sabíamos qué profundidad encontraríamos en los vados siguientes. Si llegaba el agua a la toma de aire rompería el motor.
 
A la salida del Chinguillo nos esperaba nuestro amigo el Blanco, en un vado más profundo y ancho que los anteriores, y encabezando nuevamente la caravana, fui a encajarme entre dos grandes rocas bajo el agua. Lamentablemente la rueda delantera derecha de mi Jeep sorteó la primera, que quedó apoyada en el cardan delantero, de modo que no pude salir ni hacia adelante ni hacia atrás. Nuevamente fué Cary quien, entrando por un lugar más profundo y difícil, y luego de derivar a merced de la corriente, logró alcanzar la otra orilla y desde allí me eslingó, a fuerza de romper una ballesta trasera de mi Jeep. Ya en la orilla, desarmamos la ballesta y la empatillamos para poder seguir.  Creo que fue la primera vez que sufrimos el embate de los “polvorines”, unos pequeñísimos insectos que nos volvían locos picándonos la cabeza, las orejas, el cuello y los brazos. A partir de ese momento serían el suplicio del viaje siempre que debiéramos hacer una reparación en nuestros vehículos.

Buscando la huella al otro lado del vado, el sol cayó y decidimos acampar a la luz de la luna de una más que tibia noche, en un paisaje inolvidable de montañas, ríos, alamedas y en medio de un clima de fiesta, amistad y triunfo. Luego de una cena a cargo del cocinero oficial, don Luis Dionisio Escujuri,  de unos whiskys de postre y un paseo nocturno a pie por las montañas, dormimos a la luz de la luna, sin armar las tiendas. No hacía falta.

El día siguiente sería uno de esos días que calan hondo en nuestras vidas. Algo inolvidable. Con golpes muy duros y la fuerza de la amistad, la cooperación y el compañerismo que nos permitieron salir adelante.

Bien temprano a la mañana, una larga marcha por mucha piedra y sin huella, seguida de un nuevo vadeo, que encaramos por un lugar muy difícil. Cary fue arrastrado por la corriente y no pudo elegir el sitio por donde subir. Al salir al otro lado rompió el cardan trasero. Yo había cruzado primero sin problemas. La Estanciera lo intentó por otro sitio y  entró en un pozo muy profundo (allí quedó 3 días hasta que pudimos sacarla a un costo muy alto y luego de mucho esfuerzo). El agua la fué arrastrando cada vez más abajo, inclinándola y encajándola entre las grandes piedras del cauce. La enganchamos con el Trotamundos desde la otra orilla para sacarla, pero estaba muy trabada y el piso era muy arenoso. Cruzó Luis en su Jeep y comenzó a tirar marcha atrás, con una linga más. Como tampoco podíamos sacarla empezamos a empujar el Jeep de Luis hacia atrás para ayudar. Enorme error, se cortó una linga y la punta golpeó a Mauro en un brazo, mal. Muy mal. Pensamos que lo había fracturado.

Nos dividimos en dos grupos, uno reparando el cardan del Jeep de Cary, y el otro asistiendo a Mauro. Mientras tanto, los que viajaban a bordo de la Estanciera (a la que el agua ya había entrado hasta la altura de los asientos) cruzaron el río a pie sujetos a las lingas. Horas después, ya con el Jeep de Cary operativo, cruzamos nuevamente a la otra orilla para intentar sacarla hacia atrás, pero sin resultados. Decidimos llevar a Mauro en 2 Jeep (el de Luis y el mío) hasta el Chinguillo y pedir asistencia médica y de rescate para sacar el vehículo. Llegamos de noche y don Juan Solar y su familia nos atendieron y llamaron por radio a Gendarmería, a la Fuerza Aérea, al Gobierno. Inútil, lo que conseguimos fué que una camioneta de Gendarmería nos esperara antes del primer vadeo al día siguiente para asistir a Mauro.

Ya bañados y alimentados, nos acostamos a intentar dormir. Pero el cansancio del cuerpo no fué suficiente, la cabeza no paraba: que lo que hicimos mal, que cómo podemos hacer para sacar la Estanciera, que el brazo de Mauro, que los errores cometidos, y tantas otras cosas, y a las 3 AM prendo la linterna para mirar el reloj y Luis D me dice: -¿Vos tampoco podés dormir? Charlamos hasta las 6, nos levantamos, desayunamos y partimos hacia Angualasto. Luis B en su L200 con el herido a bordo, lo más cómodo posible porque el menor movimiento le arranca gritos de dolor. Luis D en su Jeep RastroIka Evolución II, con Iván Solar, guía baqueano y gauchazo si los hay, que nos mostró por dónde vadear y llegar lo más fácil y rápidamente posible hasta el primer vado (el último desde el Chinguillo). Y cerrando la fila, el Trotamundos (RastroIka Evolución II) y yo a bordo. Llegamos sin novedad hasta Angualasto. Después de cruzar el primer vado nos encontramos a los gendarmes en una impecable y flamante Toyota Hilux. Les habían prohibido cruzar el río. Con ellos como guías, seguimos rumbo a Angualasto. Luis B y Mauro, hacia el hospital de Rodeo. Luis D y yo a ver dónde y qué conseguíamos para sacar la Estanciera.

Lamentablemente en el camino cruzamos a una máquina de Vialidad (una pala mecánica) y yo paré a pedirle ayuda al conductor, quien me informó que iba a arreglar el camino y llegaba hasta el Chinguillo. A mi pedido de ayuda me respondió que sí, iba a sacar la Estanciera. Nos veíamos más tarde. Llegamos entonces hasta Gendarmería en Angualasto, pedí un Unimog (por si acaso, ¿vió?) para el rescate y volvimos. De vuelta paramos a hablar con el conductor de la máquina: - sí, voy para allá. Arreglo unas partes del camino y voy a sacarlos.

Llegamos al Chinguillo, Iván se bajó, tomamos dos mates y fuimos a buscar a Cary y el resto del grupo, que se habían quedado a velar la suerte de la Estanciera. Cuando llegamos, ésta estaba paralela al curso del río. Cary la había eslingado toda la mañana, hasta que cortó el cardan de repuesto.

Sacamos las baterías y la soldadora, cortamos dos extremos de los dos cardanes rotos para que quedaran del largo necesario y soldamos un cardan de emergencia. Una vez operativo el Amarillo, cargamos la gente y algunas cosas y fuimos a pasar la noche al Chinguillo (el sol ya estaba bajo).
 
El gaucho de la máquina nunca llegó. Nos levantamos nuevamente a la madrugada con Luis D (el Jeep de Cary no podía ser arriesgado) y partimos a buscar al señor laburante, que ya se había ido a su casa (y sin avisar) a festejar merecidamente la semana santa junto a su familia.

Decidimos seguir hasta Rodeo a pedir algo que nos sirviera para ayudar a sacar el submarino. Esta vez nos acompañaban Roberto (con Luis D) y Pablo (el dueño de la Estanciera) en el Trotamundos. Copiamos los vados como los habíamos hecho el día anterior, pero a la salida del segundo, Luis encaró muy sesgada la subida a la orilla opuesta, la rueda derecha delantera pisó un pozo cuando la izquierda estaba subiendo y.... el Jeep quedó en 2 ruedas... un rato. Ni lerdo ni perezoso, Luis torció hacia el medio del río y aceleró, y el Jeep cayó parado. Tuvo que seguir un buen trecho para encontrar playa donde subir. Pero esta vez hubo mejor suerte. Lívidos y mudos ambos tripulantes se bajaron del otro lado. Y durante un par de horas no hubo más diálogo. Yo copié la salida de Luis, para evitar taquicardias.

Llegamos a Rodeo, previo paso por Gendarmería donde nos dijeron que no nos podían ayudar. Que "no hay que ir para esos lados, es muy peligroso". Unos fenómenos, los muchachos. El Unimog, bien, gracias.
 
En Rodeo encontramos al amigo Don Tino Ramos, experimentado y gauchazo mecánico a quien ya conocía. Y él si, nos prestó lo que tenía. Un malacate manual para 3.500 libras. Y como mi alternador ya hacía rato no cargaba y cada vez que había que arrancar el motor Luis D me tenía que remolcar, previa medición de carga (7 voltios) me dijo que no podía volver así porque en cualquier momento la bomba inyectora cortaba, y me derivó a otro mecánico
(Carlos Rivero, alias El Negro), que además de cambiar los carbones del alternador en tiempo récord, nos prestó otro aparejo manual. Sin comer, cargamos gas oil y rajamos para el Chinguillo.
 
Llegamos ya con poca luz por delante. A punto estuvimos de salir a intentar el rescate, pero primó la cordura. No quedaba luz para volver. Mejor descansar y salir temprano.

Después del obligado baño, una buena cena de humitas en chala, y después sopa de verduras. Excelente. Todo regadito con 14 botellas de cerveza (pucha, si quedábamos solo 8, el clima seco ese evapora cualquier cosa). Y un partido de truco de seis. Recargamos las pilas  anímicas, eso que tanta falta nos hacía.

Jueves 8 de marzo: Cansados, después de mucho andar, arreglar fierros, cargar y descargar cosas, la trasnochada y el nuevo y sempiterno bendito desvelo de la madrugada, nos levantamos sabiendo que hoy sí, era el día. No habría ayuda, tendríamos que sacar la Estanciera nosotros, pero no podíamos romper nada más y teníamos que cuidarnos nosotros. Una vez que la Estanciera saliera del río, habría que arrancarla, y después de tantas horas bajo el agua, ¿arrancaría?.
 
Más de una hora para llegar a la Estanciera. Estaba ahí, esperando, con ganas de salir del agua. Atamos uno de los malacates al paragolpes delantero del Trotamundos y empezamos a darle a la palanca. Cuando el cable de acero estuvo bien tenso (eso sí, esta vez con frazadas mojadas, ruedas de auxilio, etc. arriba para parar el chicotazo si la yeta quería que también éste se cortara) el caño de la palanca se rompió. Improvisamos una palanca nueva con un caño galvanizado que habíamos llevado del Chinguillo para hacer un cardan de repuesto si hiciera falta. Tensamos un poco más, hasta que también ese caño se rompió.

- Esto no va-, dijo Cary. –Atemos el otro malacate (el más chico) a la jaula y tirémosla de este costado para que levante la rueda trasera que está en el pozo.

Hecho lo cual, di vuelta el Trotamundos, atamos atrás dos lingas juntas, el Jeep de Luis D. al paragolpes delantero; capot abierto por si se cortaba la linga entre ambos Jeep, primera baja, tensamos lento las lingas, y David que nos da la señal: ¡¡¡¡¡¡Ahoraaaaaaaa!!!!!!!! Escarbamos un poco, hasta que hubo un poco de piso y de golpe........ salto hacia delante. La PMQLP,
pienso. Se cortó la linga. Pero al momento escucho gritos, risas y aplausos, se me pone la piel de gallina y se me llenan los ojos de lágrimas. La Estanciera está afuera y viene fácil. Un abrazo de osos con Luis D, otro a Cary que no aguanta la alegría y abrazos,  gritos y festejos con todos.

A cambiar el aceite y filtro, sacar las bujías, destapar distribuidor, etc. La batería está muerta. David (siempre ayudando, callado pero siempre a mano con las herramientas y haciendo lo que hay que hacer) saca la del Jeep de Cary y la reemplaza. Cambiado el aceite y sacadas las bujías, giramos un poco el cigüeñal. La cosa no está fácil y los cilindros están llenos de agua. Decidimos subir la estanciera a la orilla (estaba en una playita unos 70 cm abajo). Atamos nuevamente los Jeep y la subimos. Luis D. la engancha de la lanza y, como el carburador, distribuidor y tanque de nafta están llenos de arena, decidimos remolcarla hasta una pampita de tierra dura para intentar ponerla en marcha tirando. Mientras tanto, cuando el terreno esté fácil, Pablo deberá poner 3ra y soltar el embrague para que el motor escupa el agua (tiró un gran chorro de agua con arena por el caño de escape y la tapa de cilindros parecía estar hecha de ballenitas que escupían chorros hacia arriba).

Llegados a la pampita improvisamos un tanque con un bidón de reserva, WD40 al distribuidor y los terminales, y a tirar. Inútil, esto no va a arrancar.

- ¿Qué hacemos?
– Vamos al Chinguillo
- ¿y el vado?
- ¿Qué se yo? Cuando lleguemos vemos.
Llegamos al vado.
- ¿Cómo hacemos, Luis?
- Mirá, a este había que cruzarlo primero hasta la islita a favor de la corriente, seguir por arriba de la islita hasta el final y volver por el otro lado hasta la subida. Yo sin remolcar la Estanciera tenía que maniobrar. Ahora tendría que girar en el medio del río para ver si podemos subir por la punta de la isla, porque maniobrar ahí no se puede.
- No, Luis, si ponés los dos vehículos juntos en el medio perpendiculares a la corriente, se van los dos al carajo, ahí es profundo y la corriente es muy fuerte, mejor seguí derecho cuando pases la punta de la isla, bien pegado a la margen derecha, hasta donde puedas llegar. Yo paso antes que vos y cuando vos llegues al fondo desenganchamos la Estanca, yo la tiro con la linga para atrás hasta que quede lista para doblar y encarar de trompa la subida, vos das la vuelta y venís a engancharla.
- Bueno, vamos.

Creo que fue la primera vez en mi vida que sentí lo que podría calificar de pánico, cuando la trompa del Jeep de Luisito quedó bajo el agua (la bajada era una zambullida y la Estanca empujaba hacia abajo). Yo tenía frío (hacían más de 35° C) y la piel de gallina. Y los ojos llenos de agua del maldito Blanco, pero salada. Aguantaba la respiración. Y ese guacho lindo se trajo la Estanciera, y cruzó el medio, y llegó a la punta de la islita y el grito fue más fuerte que el de un gol de Argentina en un mundial de fútbol.

Y ahí si, lloramos un poco y nos abrazamos mucho de nuevo y respiramos. Y la maniobra salió perfecta tal cual la planeamos, y nuevamente los dos RastroIka tiraron juntos para subir al otro lado (la pucha que estaba alto y arenoso), y siguieron tirando juntos después cuando cruzamos los dos pantanos. Y después los desenganchamos, y Luis se llevó la Estanciera hasta el  Chinguillo, donde entramos victoriosos y apurados, porque el sol estaba bajando y Luis “Pelotas” tenía que arrastrar la Estanca con gente y carga durante los restantes cuatro vadeos para llegar a Rodeo y meterla en el taller.

Mi alternador seguía sin cargar, y ya sospechaba de la batería. El motor se pararía en cualquier momento. El cardan de Cary no había podido ser soldado correctamente por falta de carga en mi batería. Estábamos mejor que antes, pero bastante jodidos.

Unos mates, la carga de los bolsos, la despedida de nuestra nueva familia, los Solar, la promesa de volver y las fotos. Y en rumbo nuevamente.

Los vadeos desde el Chinguillo esta vez fueron más fáciles, o es que los hacíamos de memoria, y que cuidábamos todo. Increíble la facilidad con que Luis Pelotas llevaba su Jeep cargado y la Estanciera cargada atrás, en subida, bajada, por el río, por las piedras, por la arena. Increíble. ¡Qué Jeep!!!! Si hasta se ganó el apodo de “La 112” (por el Scania 112).

Cuando llegó la noche, Luis pasó adelante, y yo sin luces, atrás de él. Cary (con luces) cerraba la marcha. Y llegamos a Rodeo. Y llegamos al taller de Don Tino, y no había nadie. Y cruzamos la calle hasta su casa, y no había nadie. Pero ya no importaba, ¿qué le hace una mancha más al tigre? Así que salimos a buscar al hijo de Don Tino a su casa, para que nos abriera el taller. Pero no estaba. Y volvimos y decidimos dejar los Jeep frente al taller y cruzar a comer algo, allá en la otra cuadra. Y cuando íbamos, pasa el Jeep de Don Tino, y ya corrimos y nos atendió, y guardó la Estanca “para trabajar mañana”. ¡Qué grande, Don Tino!

Y nos fuimos a comer pizza y a tomar cerveza, a lavarnos las manos, a mear en un baño, y Roberto, después de la depre que había tenido todos esos días por la Estanciera y por Mauro, y porque se lo llevó el río y si no es por Gerlando que lo agarró al paso se va nomás, dijo: - Pero el año que viene vamos a llegar, Alfredo. Y entonces brindamos y empezamos a planear cómo hacer para conseguirles una Estanciera doble tracción gasolera a los Solar, que cuando tienen que bajar a Rodeo tienen que pagar $ 100 a la camioneta que los pasa a buscar por el segundo vado al que llegan a caballo, y que si les pasa algo a los chicos (Juancito de 3 años y Aylén de 6 meses) quedan en manos de Dios, porque no hay médico ni nada que llegue a ayudarlos. Y cómo, cuando consigamos lo necesario, la vamos a armar y vamos a ir en caravana con los Jeep y la Estanciera y les vamos a decir: “Esta es de Uds.”.

Y volvimos (yo sin luces) hasta la finca de mis viejos, en caravana. A 20 metros de la casa, el Jeep de Cary (que venía haciendo ruidos raros en el tren trasero) no quiso más. Se salió la tuerca del piñón del diferencial, se fue el piñón para adentro, se trabó y dijo basta, aquí me planto. Lo dejamos dormir ahí.

Y nos bañamos con una ducha bien caliente, y dormimos muy bien, el desvelo no vino. Al día siguiente partimos rumbo al taller. Cary consiguió tuerca de piñón de diferencial, a mi me arreglaron el alternador y Luis Pelotas emparchó una goma (la puta, qué Jeep delicado, mirá que venir a pinchar una goma!). Cary partió a la finca a destrabar su diferencial, yo quedé esperando mi alternador y Luis partió un rato más tarde, a cargar las cosas y llevar a la gente de la Estanciera a Rodeo, pa´ ver las novedades.

Cuando llego a la finca, me cruzo con Cary, que venía saliendo. No hubo caso, la corona y el piñón tenían dientes rotos. Sacó los palieres y se iba en delantera. Despacio, rumbo a San Juan. Lo alcanzábamos después.

En la casa estaban todavía Luis y los Estancieros. Salieron para Rodeo y decidimos que yo iba después, a ver qué pasaba con ese bicho. Ahora tenía que cerrar la casa y llevar las llaves al encargado, a la entrada del pueblo.

En Rodeo, la cosa iba lenta. Había mucho para desarmar y limpiar, la Estanciera no estaba operativa todavía. Nos quedamos a almorzar con ellos y después Gerlando (mi acompañante) y yo, partiríamos por el camino de Jáchal (más rápido) a tratar de alcanzar a Cary.

Después de almorzar y despedirnos, hicimos la ruta Rodeo – Jáchal, un precioso camino de cornisa a los pies del cual serpentea el río Jáchal, hijo del Blanco. Desde Jáchal es casi autopista. Antes de San Juan modulábamos a ver si ubicábamos a Cary y David, pero habíamos salido 4 horas después que ellos, seguramente irían muy adelantados. Y metimos pata para alcanzarlos, no paramos en San Juan y cargamos combustible en Caucete. Al baño y seguimos a marcha rápida y modulando. Llegamos a Luján a eso de las 9,30 o 10 de la mañana y de Cary ni noticias. Gerlando partió hacia su casa y yo tomé la 192 hasta la 8 y de ahí a casa.

Rato después, mientras intentaba bajar unos email, suena mi celular. Era la esposa de Gerlando para avisarme que Cary y David habían tenido un accidente en la ruta:
- Atropellaron un caballo.
Mierda!!! ¿cómo están? ¿qué pasó? Y la comunicación se corta. Esos minutos que tardé en comunicarme (el celular de Gerlando daba ocupado y no tenía el número de su casa) fueron de los peores de mi vida, y la amargura no se pudo borrar ni siquiera cuando escuché que ellos estaban bien.

Todavía hoy dura, pero ellos, Cary, David y todos los demás, con su optimismo y su coraje me lo hicieron mucho más fácil.

Así que ahora tenemos que conseguir una Estanciera doble tracción gasolera, y una carrocería de fibra.

Porque a todo lo demás, ya lo tenemos.

Salud.

Alfredo A. Córdoba - Colaborador experto de KWANG 4X4.
Abril 2004 .





































































 
Copyright © 2007 - KWANG 4X4 - En Internet desde Abril de 2000