VIAJE AL ENJÍ - MAURITANIA

Recientemente, Enrique, el amigo de Jota (Atar Expeditions), le propuso que se fueran a Mauritania para acercarse hasta el Enjí en busca de restos neolíticos. El Enjí es una meseta situada en pleno desierto entre los Pozos de Aratane y Oualata al sureste de Mauritania. El acceso de subida, debido a la arena es complicado y el calor que hace allí arriba es bastante alto.

Enrique recogió a Jota en Dakhla, que es donde vive ahora, y se fueron a Mauritania recorriendo 1.800 kms de carretera por ese país hasta llegar a Nema que es de donde salía la pista que se dirige al Enjí. Por la carretera pudieron observar la ingente cantidad de vegetación que había donde hacía un par de meses sólo había piedras y arena y que ahora estaba poblado por el ganado. Había llovido recientemente produciendo inundaciones en algunas ciudades.

Las lluvias atrajeron a los nómadas que vinieron incluso de Mali con sus enormes rebaños de camellos y por un desierto desconocido por su esplendoroso verdor, se podían ver multitud de estos rebaños conducidos por familias enteras que viajaban a lomos de los camellos y las mujeres y los niños encima de plataformas que se colocaban encima de la joroba del dromedario y viajaban de manera más cómoda. Al final de la caravana iban los animales cargados con bidones de agua, tan necesarios para cruzar las inmensas distancias del desierto.

Al poco de tomar el camino tuvieron un problema con el barro pues la pista estaba anegada de agua y barro pero el atasco no fue demasiado grande y sin mucho engorro continuaron el recorrido pero bordeando las zonas empantanadas pasando por piedras y dunas lo que hizo que el avance fuera muy lento. Al cabo de un par de días llegaron al objetivo del viaje, la meseta del Enjí donde hacía un calor espantoso y a donde las lluvias no habían llegado, sólo había dunas, piedras y alguna acacia seca. El contraste entre el viaje tan húmedo y la sequedad extrema del lugar era chocante y durante las horas centrales del día, era imposible ponerse a mirar nada y permanecían echados a la sombra sin ganas ni de comer. Jota por la tarde, al llegar de una búsqueda infructuosa, al lado del coche encontró un hacha bifaz neolítica de una belleza increíble. Enrique peinó toda la zona hasta que se hizo de noche pero no encontraron nada más, ni un resto de nada.

Al día siguiente se cumplía un mes de la muerte del gran amigo de ambos, Adolfo Pastor, también un gran viajero y pusieron un cenotafio de madera en las dunas. Luego aparecieron unos nómadas con un camello e hicieron señas desde arriba a unas haymas que se veían en la lejanía presentándose al rato toda la familia dispuestos a vendernos cosas y precisamente nos mostraron puntas de flecha y cosas de esas que veníamos a buscar por lo que les compramos unas cuantas cosas, más que por las piedras, para aliviar su pobreza sin dar una limosna. El calor era horrible pero parecía no afectarles lo más mínimo tocando todo lo del coche. Como por la tarde tampoco encontraron nada, decidieron irse por la mañana de la infernal meseta. A las once de la noche, sin una brizna de aire, el termómetro marcaba casi 40º.

Al regresar, pararon para ver unas rocas que habían visto a la ida y allí si que encontraron grabados en las paredes  y vieron una gruta escondida con más grabados. Pasaron la mañana entera disfrutando de los hallazgos sin tocar nada para que continuara igual que siempre. El viaje ya había valido la pena.

Otro día más de camino y de repente pudieron ver en el horizonte una gran nube como de polvo que cada vez se acercaba más. En cosa de media hora el cielo se volvió negro totalmente y tuvieron que detener el coche, el cual de repente se vio sacudido brutalmente por unas ráfagas de viento y arena que parecía que iba a volcar pero pasó tan rápido como vino pero a los cinco minutos cayó el diluvio universal  y ni se veía el camino ni nada y lo peor es que comenzó a subir el nivel de agua por lo que subieron un poco el coche a una duna y se quedaron a esperar que cesara la lluvia, lo que no ocurrió hasta pasada una hora y entonces descubrieron que se había convertido todo en un inmenso lago con dunas por islas. Afortunadamente el coche no se hundía en barro y despacio pudieron salir de allí antes de que se hiciera de noche.

El último día de camino encontraron el emplazamiento de un antiguo poblado y restos de vasijas. Enrique le mostró a Jota las tumbas del poblado pero no tocaron nada, hacía demasiado calor para moverse.
Dos mil kms. más por una carretera infestada de camellos, cabras, ovejas y burros, y llegaron a Dakhla otra vez de donde al día siguiente tras la despedida, Enrique prosiguió el viaje a España.


Si alguien está interesado en el viaje puede contactar en jota @ atarexpeditions.com
Texto y fotos: Jose Javier Lanzarot (Jota) - Colaborador experto de KWANG 4X4.
Junio 2007.

































































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